El 29 de enero se clausuraba en el centro Galego de Arte Contemporáneo la exposición Cut Through the Fog de la artista Eva Lootz. Lootz nació en Viena en 1940 pero desde 1968 reside en España, donde compartiría territorio con el sector cultural en una época de dictadura contestada.

Recuerdo a la perfección mi primer encuentro con ella dentro del Máster en Arte Contemporáneo de la Universidad de Vigo. La presentaron como una artista matérica. Asistí a la charla, reacia a lidiar con una visión del arte de la que me considero distante. Salí muy cerca de Eva. Tanto es así que hoy en día nuestro contacto es frecuente. Y no hablamos de materia, hablamos de sociedad. Algo tendrá que ver en todo esto lo que entiende Lootz por arena: “Lo que se quisiera retener y no cesa de escaparse entre los dedos”.

Llegué a la casa en la que vivo ahora hace trece años, y no fue hasta hace poco que me fijé en el terreno de al lado. Un día, mi madre me contó que les había pedido permiso a los vecinos para hacer un camino que pasase por ese terreno y llegase a casa. La respuesta fue positiva. A partir de ahí, como si de un agradecimiento o un intercambio se tratase, vi cómo mi madre empezaba a desbrozar y limpiar frecuentemente ese terreno, recuperando poco a poco los robles abducidos por las zarzas y los tojos. Fue entonces cuando descubrí que dicho terreno era comunal, es decir, que su uso y propiedad es de todos los vecinos de la parroquia. Y a partir de ese momento, fui consciente de que el terreno de al lado de mi casa es sólo un pequeño tesoro de los muchos que existen en el resto del Estado. Reliquias que hay que conocer, valorar, cuidar y trabajar: los terrenos comunales.
Nueva política ciudadana. Vemos cómo en el Estado español las últimas elecciones señalan un nuevo ciclo electoral que supone un verdadero proceso constituyente sin que éste exista formalmente. Una nueva marea política ciudadana logra hacerse con muchos espacios de poder institucional, en gran medida gracias a la sacudida sociopolítica que supuso el 15M, tras los necesarios años de maduración y concreción de trasladar las demandas de los sectores no libertarios y apartidistas de los indignados, a la arena política institucional.

Dos islas. Una, en el archipiélago balear. Otra, en el corazón de Galicia. No muy dispares en superficie: 570 y 420 kilómetros cuadrados, respectivamente. Una, soleada, bañada por las olas, cubierta de pinos, almendros, algarrobos. Otra, lluviosa, surcada por el Ulla, tapizada de robles, castaños, pinos. En ambas, conocí, con un intervalo de tres décadas, dos grupos humanos íntimamente afines, partícipes de un mismo espíritu de fraternidad. Stendhal lo habría llamado Escuela de Enseñanza Mutua; Thoreau, Sociedad para la Difusión de la Ignorancia Útil; Santayana, Escuela Infantil para Adultos; Max Jacob, Escuela de Vida Interior; Antonio Machado, Escuela Popular de Sabiduría Superior...

No he vuelto a ver tantas juntas, nunca tan numerosas. Poco a poco, desplazaron a la gente hacia las otras salas, que de tan apretada apenas podía moverse. En mi delirio todo se fue convirtiendo en un caleidoscopio en movimiento. Ramos y coronas para mi llanto; cartuchos blancos para calmar la sangre de mis ojos. Crisantemos en la pituitaria inflamada. Dolor. Llegaban unas seguidas de otras. Así también sus alumnos de hace veinte, quince, ocho años. Sus alumnos de hace tres días.
Leo el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Mancuso, S., Viola, A. Colección Rústica, 2015), cuyo hilo argumental se basa en el menosprecio histórico por parte del ser humano hacia el mundo vegetal. Leo una definición del concepto de evolución que me hace pensar: “proceso lento y continuado de adaptación al entorno durante el cual los organismos vivos seleccionan las características más aptas para su supervivencia. Durante este proceso, cada especie adquiere o pierde caracteres y capacidades en función del hábitat en el que vive”. Y pienso: ¿qué capacidades estaremos perdiendo los humanos occidentales para ir adaptándonos al mundo actual? ¿Es posible que estemos perdiendo la capacidad de auto contemplación, la capacidad de estar en silencio y la capacidad de parar y estar solos? ¿O son hechos voluntarios?
El 20 de enero de 2016, Escoitar.org anunciaba su desaparición tras diez años de trabajo dedicados a la realización colectiva de un mapa sonoro de Galicia; dicha desaparición consistió en un desvanecerse compartido mediante una acción que consistía en el borrado de la base de datos que sustentaba el mapa que el colectivo mantenía operativo. Este era el texto que encabezaba la despedida: “El 25 de junio de 2006 se hizo público el mapa colaborativo de Escoitar.org, una herramienta nacida con la voluntad de poner en valor los sonidos del entorno y reivindicar la escucha como un proceso fundamental en la construcción de los discursos culturales. Este proyecto se convirtió así en un espacio pensado más en “instituir” que en “conservar”, en ofrecer y no en poseer, sometiéndose a una “democratización efectiva” que se mide siempre por el criterio de “participación y el acceso al archivo, a su constitución y a su interpretación” (Derrida). Siempre tratamos de evitar la mera acumulación abriéndolo, ofreciendo la posibilidad de valorar de forma colaborativa la relevancia del paisaje sonoro en diálogo con quien lo escucha y produce. Un archivo colectivo y abierto.
La voz viva de una montaña, de un volcán, es tan profunda y sabia como su infinito silencio cantado por el viento sobre laderas desnudas de caminos. Hoy casi nadie escucha. Desde algún inalcanzable cráter alguien podría gritar toda la rabia contenida del mundo, y la erupción de su voz sería tan callada y sorda como el dolido deshielo de un glaciar moribundo; acaso un alud en medio de la nada. Desde temprano, un hombre sin edad pero lleno de vida abandonó su empobrecida milpa - tierra dedicada al cultivo de maíz y, en ocasiones, de otras semillas- con el objetivo de ir a platicar con el Popocatépetl, luego de que su esposa estuviera soñando con el volcán por varias noches.

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