A las dos de la madrugada de un sábado, probablemente de la madrugada más misántropa de mi vida, el móvil suena con una notificación cantarina. Martin, 27, me ha mandado un mensaje. “Hey, what’s up?”. No conozco a Martin, ni siquiera he chateado con él antes; surgido de las nieblas de la compatibilidad en Tinder, puede que esté interesado en saber cómo me trata la vida o que quiera conocer mi disponibilidad para encamarle en las horas siguientes. Si fueran las cinco de la tarde tendría claro que Martin quiere recorrer el camino que va de la conversación personal al encamamiento; pero está claro que, en cuanto a filosofía del lenguaje, soy pragmatista y el contexto importa. Creo que hubiera preferido que Martin, 27, a 3 km de distancia, comenzara su contacto nocturno con un cordial “Hey, wanna fuck?”, aunque también sospecho que el caballero maximiza sus posibilidades de éxito respecto a las damas si elige la expresión pudorosa. Lo cierto es que no sé nada de Martin, no sé si sus movimientos me resultan atractivos, no sé si su personalidad me provoca sensualidad o aburrimiento, así que a fin de cuentas mi respuesta depende de mis ganas de follar en ese momento. Martin y yo tuvimos mala suerte porque me escribió en una madrugada, como digo, muy misántropa, así que no contesté.

Magdalena Magnus aguardaba repantigada tras un escritorio de roble apolillado sobre el que había dispuesto una serie de artefactos, velas de colores y hachones de cera que le daban un aire de alquimista moderna. No había libros en las estanterías que pendían de la pared, sino pergaminos amontonados que olían a animales disecados. Ella misma, silueteada por la luz que penetraba desde la ventana ubicada a su espalda, parecía una funcionaria de la administración brujesca, secretaria de una secta mágica encargada de la recepción, catalogación y almacenamiento de arcanos imposibles. Nos conminó a que nos acomodáramos en dos sillas carcomidas por los apetitos de los insectos xilófago- Cuarenta y ocho horas no son nada en comparación con la longevidad del universo –dijo mientras prendía un hachón de cera ubicado a su espalda—; pero tenemos la obligación de aprovechar el tiempo en asuntos productivos. –Se incorporó y se acodó sobre el escritorio—. Sois una pareja disfuncional. Vuestro amor es dependiente. No he visto a la hembra gozosa ni al macho fecundador, sino a dos cachorros utilizando los mecanismos de la carne para obtener placer.

¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxico? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

El doctor de la clínica de fertilidad nos recomendó una mixtura de medicamentos para propiciar la fecundación; pero mi esposa es vegana, homeópata, anticapitalista y budista, así que después de escuchar la prescripción médica aprovechó el resto de la sesión para despotricar contra «el sistema neoliberal, sostenido sobre los pilares de las industrias alimentaria, farmacéutica y armamentística, todas ellas enfocadas a destruir la vida sobre la tierra a través de armas tan diversas como los tanques, los frutos transgénicos y los antidepresivos». El doctor mantuvo la compostura durante el alegato y yo asumí que había cometido un error intentando convencer a Carla de que la medicina occidental resolvería nuestros problemas de fertilidad. Cuando salimos del despacho, la pareja que esperaba su turno nos miró con una mezcla de incomprensión y lástima. Pagué la consulta y fuimos en busca de las bicicletas que habíamos amarrado a una farola.

Vivimos una crisis sistémica marcada por el deterioro económico, por un panorama social devastado que nos lleva a una degradación generalizada de las condiciones de vida y a un aumento insostenible de las desigualdades sociales. En el terreno del urbanismo y la arquitectura esta crisis es encarnada por la grandeza e insensatez de proyectos urbanos desproporcionados, obras infraestructurales infrautilizadas, edificios icono de la ciudad diseñados por arquitectos estrella y, en suma, una lógica insostenible de construcción y crecimiento ad infinitum basado en estrategias especuladoras, muy alejadas de la realidad diaria de las personas que las habitan e insensibles a los límites de la naturaleza. Se preguntaba David Harvey en su libro Rebel Cities: “¿Ha contribuido al bienestar humano esa espectacular urbanización?, ¿nos ha hecho mejores personas, o nos ha dejado sumidos en la alienación, la cólera y la frustración?”.
Las imágenes de miles de vidas que tratan de llegar a Europa tras huir de la destrucción de Siria, provocada por el régimen de Al Assad y la barbarie del Daesh; así como de las secuelas, aún candentes, de las históricas “intervenciones” –valga este término como eufemismo de “invasiones”- militares en Afganistán e Irak, se han convertido en una de las secuencias habituales en nuestro día a día. Estampas que se graban en lo más profundo de las retinas, y en ocasiones –sólo en ocasiones- en lo más hondo del alma. En las portadas de periódicos y cabeceras de telediarios, vemos cómo jóvenes y familias enteras patean los caminos europeos dejando rastro en cada paso para guiar a los que están por llegar. Y es que hace falta allanar la senda, porque Europa no es capaz de aliviar la crueldad de la guerra, pero tampoco del hambre. Por eso, el reto de rehacer una vida se topa con las trabas del Viejo Continente: las fronteras.
Cerca siempre de críticas zonas de sombra, la naturaleza del tiempo se revela en los momentos de contemplación, de aburrimiento o de revelación cansada. Cuando no ocurre nada o, por el contrario, algo leve resuena en nosotros. O cuando lo que ocurre, poco más que nada, revela la belleza y el enigma de algo que se nos escapa en su modo de estar presente. Es esencial a la revelación temporal un retraso del pensamiento, un retraso que nadie mide, pues las apariencias y los acontecimientos necesitan tiempo. Lo sensible es difícil, necesita una distancia para depositarse, para que cuaje su índole peculiar, un tiempo que apenas se cuenta porque es parte de la vivencia. Pero el dictado de la rapidez en la industria cultural debe librarnos de ese riesgo elemental, de escuchar lo que dice el tiempo.

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