Soy un hombre y uso WhatsApp. A veces dudo sobre la primera afirmación. Nunca sobre la segunda. Porque usar Whatsapp es consustancial a la subespecie humana-occidental-partícipe-de-la-economía-de-consumo. Lo de ser hombre no, menos mal. Hombre y WhatsApp son dos conceptos que, relacionados, nos conducen hacia la “memeficación” sexual, esto es, la viralización de chistes ilustrados con montajes fotográficos de carácter sexual, alimento de cuñados en las conversaciones grupales. Participo en grupos de WhatsApp masculinos que son una auténtica bacanal de imágenes y vídeos pornográficos. Seguro que hay estudios científicos que explican el motivo fundamental que nos impulsa a compartir y descargar vídeos sexuales, aunque sinceramente no he leído ni buscado ninguno porque ofrezco mi visión personal del asunto, es decir, la perspectiva de un hombre que ha recibido muchos megas de material erótico. Además, la mayoría de los científicos que conozco trabajan en el Burger King y no tienen tiempo para entrevistas. Espero que os conforméis con mi visión, que es una visión sesgada por particular, endogámica y miope.

Esta declaración de intenciones podía leerse en los pasquines de una de las primeras protestas populares de la Puerta del Sol, provocada por el malestar que generó la llegada de Carlos I, quien en 1517, proveniente de Flandes y sin hablar castellano, arribó a la costa cantábrica tras autoproclamarse rey de sus posesiones hispánicas.“Habéis de saber, señor, que el rey no es más que un servidor retribuido de la nación”, dijeron las Cortes de Castilla, tras jurar lealtad descontentamente al rey Carlos I. Varias peticiones le hicieron llegar las Cortes al rey, entre ellas, aprender a hablar castellano, el cese de nombramientos a extranjeros y la prohibición de la salida de metales preciosos y caballos de Castilla.
Llegué a la casa en la que vivo ahora hace trece años, y no fue hasta hace poco que me fijé en el terreno de al lado. Un día, mi madre me contó que les había pedido permiso a los vecinos para hacer un camino que pasase por ese terreno y llegase a casa. La respuesta fue positiva. A partir de ahí, como si de un agradecimiento o un intercambio se tratase, vi cómo mi madre empezaba a desbrozar y limpiar frecuentemente ese terreno, recuperando poco a poco los robles abducidos por las zarzas y los tojos. Fue entonces cuando descubrí que dicho terreno era comunal, es decir, que su uso y propiedad es de todos los vecinos de la parroquia. Y a partir de ese momento, fui consciente de que el terreno de al lado de mi casa es sólo un pequeño tesoro de los muchos que existen en el resto del Estado. Reliquias que hay que conocer, valorar, cuidar y trabajar: los terrenos comunales.
Al caracol más accesible se tarda como ocho horas en llegar. Tienes que tomar un autobús, después esperar como una hora para tomar otro, una furgoneta y que alguien se pare a llevarte por el camino de tierra último. Ahí, ya en el caracol, les cuentas qué quieres hacer y ellos deciden si te dejan quedarte. Es cierto. A unos de los caracoles –los puntos autónomos y liberados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional-EZLN— más accesibles en 2011 para un extranjero sin carta de presentación se tardaba unas ocho horas en llegar, tras tomar dos autobuses, una furgoneta y hacer auto stop por una vereda de tierra seca. Era uno de los más cercanos a San Cristóbal de las Casas, puerta de entrada a un entorno mágico por su naturaleza y por su coraje.
Van Gogh pintaba girasoles, a Monet le fascinaban los estanques plagados de nenúfares, Picasso dibujaba irreverentes rebeldías y al Greco se le recuerda por el retrato de un caballero con una mano en el pecho. Ellas, sin embargo, pintan el horror dentro de un juzgado. No son ni serán –presumiblemente- famosas, sus bocetos no serán estudiados en las escuelas de bellas artes en el siglo XXIII pero sus manos, obedientes instrumentos de sus ojos y de su estómago, retratan desde hace ocho años el sufrimiento de las víctimas y la soberbia de los genocidas durante los juicios de los crímenes de lesa humanidad ocurridos en la última dictadura argentina (1975-1983).
Si usted va a la playa de Ipanema, camina por la costa de Salvador, por la Avenida Paulista de São Paulo o conversa a gusto con alguien en algún hotel de lujo del nordeste de Brasil, es probable que usted, sí, usted, se encuentre con un torturador, un asesino de la dictadura militar brasileña, paseando con sus nietos o tomando un coco de forma inocente. Sí, usted, que recibe un trato cordial de la mayoría de las personas en Brasil, escuchará de ese anciano que "antes había moralidad, no había tanta corrupción ni desmando". Parecerá escuchar, usted, la voz de la sabiduría de alguien que llegó a una edad donde hace apenas unos años la gente se moría de gripe, en plena vitalidad.
1 El origen del paseo de los Canadienses. El origen de este cómic es el azar. Me enteré de esta historia por pura casualidad. En el verano de 2012, caminando por un precioso paseo marítimo a la altura del Rincón de la Victoria (Málaga), me topé con una placa conmemorativa en honor a un tal Norman Bethune, que hacía alusión a un episodio ocurrido en 1937. Curiosamente yo tenía referencias de quién era Bethune porque en mi juventud había leído un breve artículo que le dedicó Mao Zedong, a su muerte en China en 1939. Merced a ese artículo Bethune está considerado hoy en China como un héroe del pueblo. Aunque eso lo sabía, lo que no sabía es que Bethune hubiera estado en España y menos aún en Málaga. Me picó la curiosidad y buscando por Internet encontré un escrito del propio Bethune fechado en 1937, titulado El crimen de la Carretera Málaga a Almería. Me quedé anonadado. Bethune narraba allí el éxodo de la población malagueña tras la caída de Málaga el 8 de febrero del 37 y describía lo que sin duda puede considerarse como el episodio más dramático, en términos de vidas humanas, de toda la Guerra Civil, muy superior al bombardeo de Guernica.
No te da miedo cruzarte con ellos? ¿Con alguno y que no lo reconozcas? ¿No te da rabia? ¿Cosa? ¿Un escalofrío? Sí, tú, el que lee, la que vive en un Estado con cuentas abiertas, con heridas del tamaño de un cráter. ¿No te produce tristeza? ¿Angustia? Cruzarte con uno de ellos, de los que hace apenas 25, 50, 75 años (los años de tu abuela) causaron tanto dolor, tanta violencia, mataron, torturaron, desaparecieron. -A mí me causa pavor saber que andan por ahí, cargados de anonimato, que un día puedes compartir la barra del bar de la playa al que vas vos en vacaciones, que hasta te podrías enamorar de alguno y no saberlo jamás- me contó Eugenia, una dibujante argentina que pinta en los juicios contra la dictadura militar de su país (1976-1983) ante la prohibición de grabar o hacer fotos.

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