Un chico y una chica miran, esperanzados, hacia un horizonte sereno y remoto. Con una mano él la abraza desde atrás, por la cintura; con la otra sostiene una flauta travesera. Tienen el gesto de empezar a caminar, de tener los ojos y el corazón puestos el uno en el otro y en un mundo mejor. Sus figuras de color de arcilla, rodeadas por una fuente a la que se acercan los niños, guardan la paz de este rincón del cuarto distrito vienés. No hay ninguna placa que les identifique, pero yo sé que la flauta que llevan es mágica y que su amor ha tenido que vencer al fuego y al agua, y que su unión simboliza el triunfo de la luz sobre la oscuridad y el advenimiento de un futuro feliz. Junto a la chica y el chico de arcilla, la estatua que rinde homenaje a Mozart a través de los protagonistas de su ópera La flauta mágica, una niña morena juega y ríe, cuidada por la mirada de una mujer que le tiende las manos para enseñarle el mundo. Los sonidos del agua y las risas encajan con la limpidez de un motivo musical del clasicismo, melodías encantadoras que tararean los niños, fábulas en las que se aprende la difícil simpleza del amor. La luz del sol se derrama, plácida y generosa, sobre las fachadas color pastel de la capital europea.

Ocasión y Fortuna debían levantar murmullos entre los demás dioses cuando salían a hacer de las suyas. Dos chicas algo alocadas, frivolonas, con la túnica demasiado corta. La una arrastrando a todas partes una rueda, la otra, calva. Podían haber ido en chándal si hubiera existido, como dos colegas de El Pera. Siempre juntas, mascando chicle, riendo entre dientes, repartiendo cal y arena a los romanos. Afortunadamente para los clásicos su religión no era tan personalista. Ritos y leyendas bastaban para mantener la moral pública y el poder del Estado dentro de una laxitud aceptable. Así pues, estas dos diosas son dos metáforas con patas, no nos juzgan pero tampoco nos deben nada. Así, igual de legítimo es que nos manden un décimo premiado o una patada en la entrepierna. C’est la vie.

¿Cómo va el verano? Istmos ha viajado por el mundo entero para saber cómo suenan las palabras de nuestro número –Silencio, Armonía y Estruendo– en diferentes lenguas, y este es el resultado. ¿Cuántas de ellas sois capaces de identificar? Estas son, por orden de aparición y para que las podáis identificar, las lenguas que suenan: castellano, árabe, ruso, coreano, portugués, búlgaro, inglés, chino, italiano, húngaro,francés, japonés, rumano, inglés.
Nuestro territorio está plagado de lenguas que la historia ha ido dejando a su paso y, aunque desconocemos a menudo el sonido o incluso la existencia de algunas, resuenan desde tiempos inmemorables en los rincones de nuestra península. Unas están casi olvidadas, en peligro de extinción, mientras que las otras destellan con fuerza y luchan por su dignidad y la memoria oral y escrita de sus pueblos.
Nuestro territorio está plagado de lenguas que la historia ha ido dejando a su paso y, aunque desconocemos a menudo el sonido o incluso la existencia de algunas, resuenan desde tiempos inmemorables en los rincones de nuestra península. Unas están casi olvidadas, en peligro de extinción, mientras que las otras destellan con fuerza y luchan por su dignidad y la memoria oral y escrita de sus pueblos.
«La ciencia del lenguaje no se diferencia en absoluto de la ciencia del pensamiento», afirmaba Nicolas Beauzée (1717-1789), redactor de los artículos sobre Gramática para la Encyclopédie. Una centuria más tarde, Nietzsche, filólogo además de filósofo, enunciaba la misma ecuación con ligeras variantes: «El desarrollo del lenguaje y el desarrollo de la conciencia van de la mano» (1882). Al cabo de otro siglo, Chomsky suscribía: «Los principios de la gramática general son idénticos a los de la razón humana en sus operaciones intelectuales» (1985). Resonancias: «La propensión específicamente humana al intercambio y al comercio no es casual, sino que está condicionada por el uso de la razón y del lenguaje» (Marx, 1844). «El lenguaje es por excelencia el lugar común» (Ortega, 1933).
Cualquier persona con cierta sensibilidad estética se habrá percatado de que ahí afuera existe un mundo, y que ese mundo es bello y es digno de ser contemplado. Es bastante probable que la contemplación sólo sea un estadio inicial y que, tras el primer asombro, uno se sienta llamado a aprehenderlo, explorar sus misterios o compartirlos. Necesita, para ello, acudir a un lenguaje. En este momento, una certeza empaña su empeño. Ilya Prigogine, nobel belga, advierte: “El mundo es más rico de lo que ningún lenguaje es capaz de expresar”. El abismo que es el mundo no va a ser fácil de domeñar.
La sutileza suele ser un ingrediente base para explicar a los y las más pequeñas cuestiones que a los que ya no lo somos nos plantan un rojo en la cara, nos incomodan y nos obligan a llenar de eufemismos. Y pese a lo que podamos pensar, ellas, libres aún de prejuicios y vergüenzas, entienden la pureza y la sencillez mucho mejor que nosotras. Sirvan estas definiciones de Silencio, Armonía y Estruendo, de las alumnas y los alumnos de 2º del Colegio de Educación Infantil y Primaria de Nuestra Señora de las Nieves de La Zarza (Badajoz), como prueba de ello.

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