Ocasión y Fortuna debían levantar murmullos entre los demás dioses cuando salían a hacer de las suyas. Dos chicas algo alocadas, frivolonas, con la túnica demasiado corta. La una arrastrando a todas partes una rueda, la otra, calva. Podían haber ido en chándal si hubiera existido, como dos colegas de El Pera. Siempre juntas, mascando chicle, riendo entre dientes, repartiendo cal y arena a los romanos. Afortunadamente para los clásicos su religión no era tan personalista. Ritos y leyendas bastaban para mantener la moral pública y el poder del Estado dentro de una laxitud aceptable. Así pues, estas dos diosas son dos metáforas con patas, no nos juzgan pero tampoco nos deben nada. Así, igual de legítimo es que nos manden un décimo premiado o una patada en la entrepierna. C’est la vie.

¿Están -como temía Georg Simmel en 1903- tan alejadas las grandes ciudades de la vida del espíritu? ¿Es en ellas únicamente posible el cálculo y el tiempo de los negocios? Para contestar negativamente, se suele acudir a la figura del flâneur que funda la modernidad occidental. Primero Baudelaire y luego Walter Benjamin rescatan para la metrópoli al Rousseau de “las ensoñaciones”, cuando sale a pie de su parisina casa de Les Halles, para herboristear. Entre sus elucubraciones andarinas siente en un momento determinado la necesidad de abandonar las menudas observaciones para entregarse a contemplar “el todo” que, según sus propias palabras, se extendía ante sus ojos.
Abbie Hoffman encarnaba para unos el idealismo de la juventud de los sesenta, para otros la figura de un violento agitador; bufón para unos, y genial organizador de masas, manipulador de los medios de comunicación y artista de la performance política, para otros. Y para todos, el emblema del conflicto que, desde la lucha de Secesión, había enfrentado más profundamente a los Estados Unidos: la guerra de Vietnam.
La historia se muestra inmisericorde y se vale, desde que el mundo es mundo, de los más débiles para coronar a los más fuertes, a aquellos que pueden asomar la cabeza por estar elevándose sobre el cráneo de otros. Asimismo, las sociedades, responsables escritoras de esa historia y esa verdad universales, se estructuran bajo una cruel jerarquía que obliga, sin dilaciones ni mayor reflexión, a colocar a unos pocos elegidos por encima de sus iguales, de sus compañeros de partida.
Queremos volver, pero no os asustéis», alerta el editorial de Istmos. Aunque nuestro país no haya ganado para sustos a lo largo de su historia, aunque volver a él signifique adentrarse en el laberinto de una identidad problemática, en el historial clínico de un caso perdido, desterrad todo temor —y, por supuesto, toda esperanza—. Se cuenta que en pleno debate sobre la Constitución española de 1978, Juan Benet propuso una posible cláusula que rezaba así: «Todo español, por el mero hecho de serlo, tiene derecho al fracaso». No sería mal lema para una radiografía crítica del alma española.

Uno de los argumentos más clásicos –clásico como antiguo y muy citado– a favor de la filosofía es esa frase de Aristóteles apuntando que, cuando uno intenta justificar la inutilidad de la filosofía, ya se está sirviendo de ella. Claro que no es lo mismo la Atenas del s. IV a. C. y el alba del lógos que nuestromestizo s. XXI, doliente por las revoluciones fracasadas y obsesionado por la división y subdivisión del trabajo. Hay tantas ciencias como catedráticos y la filosofía está sometida a la misma lupa clarificadora: est lógica, esto retórica, esto metafísica. El estudioso se realiza profesionalmente con tal labor de discernimiento mientras el viento de la Historia va barriendo el pensamiento filosófico de los planes de estudio de Secundaria. Si es que alguna vez estuvo allí.

Le preocupa, dice y se ríe, irse por las ramas, por esa manía suya de acabar relacionando “que uno plante una cebolla en su casa y que toque la guitarra, con la Unión Soviética”. La conversación es un viaje por muchos lugares y él, mientras tanto, no se casa con nadie. Como el Bob Dylan que retrató Martin Scorsese, Pablo rechaza ser el profeta de otros y, aunque se muestra simpatizante de Podemos, le molestó que su cara apareciera como imagen de la campaña del partido en Asturias sin su consentimiento. El episodio recuerda a su demanda contra La Sexta (Atresmedia) por utilizar su canción A veces la vida es hermosa para promocionar una serie sin preguntarle; cosa que le hizo enrolarse en una disputa con la SGAE por los derechos de los autores.
El debate público sobre la tortura ha quedado limitado por la convicción generalizada de que la democracia es intrínsecamente americana y de que cualquier estrategia diseñada para proteger o defender la versión americana de la democracia es legítima. Otro problema con este debate es que la versión americana de la democracia se ha ido convirtiendo cada vez más en un sinónimo del capitalismo, y el capitalismo ha ido definiéndose cada vez más por su capacidad de extenderse por el mundo. Esto es lo que ha encuadrado la discusión en torno a la tortura y ha permitido que los dilemas morales sobre esta se expresen junto con la idea de que ciertas formas permisibles de violencia son necesarias si queremos preservar la democracia americana, tanto en Estados Unidos como en el extranjero.

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