A lo largo de la Historia se ha “manejado” y utilizado la imagen de los gitanos relacionándola mayoritariamente con el folklore, lo andaluz, cuando no con fábulas y mitos. Un ejemplo claro lo encontramos en De Vaux. Cuando afirma que “ya no faltaba sino presentar a los cíngaros como seres extraterrestres, caídos de algún planeta a la tierra para llegar a ser los Hijos del Viento”. Está clara la utilización y la distorsión de la “imagen” de un pueblo en aras de invisibilizar y no reconocer una identidad étnica, con el objetivo de poder seguir legitimando la necesidad de tutela, caridad y paternalismo.

Uno no puede evitar pensar en eso del "espacio público" cuando, caminando por el estrecho espacio existente entre terraza y rugido de vehículos en movimiento, aparece un pequeño patio abandonado, o un parque en proceso de degradación, o aquel centro cultural que llenaba de vida el barrio, ése que ya cerró, ése; que de alguna manera nos transmite cierta nostalgia de lo no vivido. Tampoco puede uno simplemente atar su imaginación a lo existente ante el uso que se les ha venido dando a multitud de espacios públicos existentes en nuestras ciudades y pueblos. Usos siempre relativos a la privatización temporal de ese espacio para la realización de conciertos, festivales o espectáculos con un precio nada popular y un beneficio privado casi siempre relacionado con alguna forma de amiguismo entre promotor y dirigente político. Pareciera que lo público no es de todas y todos, sino más bien "de ellos".
Esta declaración de intenciones podía leerse en los pasquines de una de las primeras protestas populares de la Puerta del Sol, provocada por el malestar que generó la llegada de Carlos I, quien en 1517, proveniente de Flandes y sin hablar castellano, arribó a la costa cantábrica tras autoproclamarse rey de sus posesiones hispánicas.“Habéis de saber, señor, que el rey no es más que un servidor retribuido de la nación”, dijeron las Cortes de Castilla, tras jurar lealtad descontentamente al rey Carlos I. Varias peticiones le hicieron llegar las Cortes al rey, entre ellas, aprender a hablar castellano, el cese de nombramientos a extranjeros y la prohibición de la salida de metales preciosos y caballos de Castilla.
Llegué a la casa en la que vivo ahora hace trece años, y no fue hasta hace poco que me fijé en el terreno de al lado. Un día, mi madre me contó que les había pedido permiso a los vecinos para hacer un camino que pasase por ese terreno y llegase a casa. La respuesta fue positiva. A partir de ahí, como si de un agradecimiento o un intercambio se tratase, vi cómo mi madre empezaba a desbrozar y limpiar frecuentemente ese terreno, recuperando poco a poco los robles abducidos por las zarzas y los tojos. Fue entonces cuando descubrí que dicho terreno era comunal, es decir, que su uso y propiedad es de todos los vecinos de la parroquia. Y a partir de ese momento, fui consciente de que el terreno de al lado de mi casa es sólo un pequeño tesoro de los muchos que existen en el resto del Estado. Reliquias que hay que conocer, valorar, cuidar y trabajar: los terrenos comunales.
Vivimos una crisis sistémica marcada por el deterioro económico, por un panorama social devastado que nos lleva a una degradación generalizada de las condiciones de vida y a un aumento insostenible de las desigualdades sociales. En el terreno del urbanismo y la arquitectura esta crisis es encarnada por la grandeza e insensatez de proyectos urbanos desproporcionados, obras infraestructurales infrautilizadas, edificios icono de la ciudad diseñados por arquitectos estrella y, en suma, una lógica insostenible de construcción y crecimiento ad infinitum basado en estrategias especuladoras, muy alejadas de la realidad diaria de las personas que las habitan e insensibles a los límites de la naturaleza. Se preguntaba David Harvey en su libro Rebel Cities: “¿Ha contribuido al bienestar humano esa espectacular urbanización?, ¿nos ha hecho mejores personas, o nos ha dejado sumidos en la alienación, la cólera y la frustración?”.
Tras décadas que anunciaban la victoria definitiva del pensamiento único neoliberal, vemos cómo ese metarrelato se tambalea. Aparecen en todo el mundo un sinfín de nuevas redes y comunidades, tanto físicas como virtuales que rompen con ese proyecto, difuminando y distribuyendo los espacios de soberanía, poder y creación social y cultural. Surgen iniciativas de relocalización y recuperación del control sobre nuestra cultura, economía, trabajo o alimentación, con formas más cooperativas, comunitarias y próximas. Internet o las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) impulsan nuevos métodos de trabajo y de comunicación P2P: entre iguales, sin jerarquías ni centros. Creando dinámicas que hacen volar por los aires, sin ni siquiera confrontarlas, las viejas estructuras socio-políticas. Se vuelve la mirada hacia lo local y la diversidad, dejando atrás los años de distopía neoliberal, donde se nos decía que no había espacio para más identidades e ideologías que las hegemónicas.
Van Gogh pintaba girasoles, a Monet le fascinaban los estanques plagados de nenúfares, Picasso dibujaba irreverentes rebeldías y al Greco se le recuerda por el retrato de un caballero con una mano en el pecho. Ellas, sin embargo, pintan el horror dentro de un juzgado. No son ni serán –presumiblemente- famosas, sus bocetos no serán estudiados en las escuelas de bellas artes en el siglo XXIII pero sus manos, obedientes instrumentos de sus ojos y de su estómago, retratan desde hace ocho años el sufrimiento de las víctimas y la soberbia de los genocidas durante los juicios de los crímenes de lesa humanidad ocurridos en la última dictadura argentina (1975-1983).

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