Un chico y una chica miran, esperanzados, hacia un horizonte sereno y remoto. Con una mano él la abraza desde atrás, por la cintura; con la otra sostiene una flauta travesera. Tienen el gesto de empezar a caminar, de tener los ojos y el corazón puestos el uno en el otro y en un mundo mejor. Sus figuras de color de arcilla, rodeadas por una fuente a la que se acercan los niños, guardan la paz de este rincón del cuarto distrito vienés. No hay ninguna placa que les identifique, pero yo sé que la flauta que llevan es mágica y que su amor ha tenido que vencer al fuego y al agua, y que su unión simboliza el triunfo de la luz sobre la oscuridad y el advenimiento de un futuro feliz. Junto a la chica y el chico de arcilla, la estatua que rinde homenaje a Mozart a través de los protagonistas de su ópera La flauta mágica, una niña morena juega y ríe, cuidada por la mirada de una mujer que le tiende las manos para enseñarle el mundo. Los sonidos del agua y las risas encajan con la limpidez de un motivo musical del clasicismo, melodías encantadoras que tararean los niños, fábulas en las que se aprende la difícil simpleza del amor. La luz del sol se derrama, plácida y generosa, sobre las fachadas color pastel de la capital europea.

Uno de los argumentos más clásicos –clásico como antiguo y muy citado– a favor de la filosofía es esa frase de Aristóteles apuntando que, cuando uno intenta justificar la inutilidad de la filosofía, ya se está sirviendo de ella. Claro que no es lo mismo la Atenas del s. IV a. C. y el alba del lógos que nuestromestizo s. XXI, doliente por las revoluciones fracasadas y obsesionado por la división y subdivisión del trabajo. Hay tantas ciencias como catedráticos y la filosofía está sometida a la misma lupa clarificadora: est lógica, esto retórica, esto metafísica. El estudioso se realiza profesionalmente con tal labor de discernimiento mientras el viento de la Historia va barriendo el pensamiento filosófico de los planes de estudio de Secundaria. Si es que alguna vez estuvo allí.

¿Cómo va el verano? Istmos ha viajado por el mundo entero para saber cómo suenan las palabras de nuestro número –Silencio, Armonía y Estruendo– en diferentes lenguas, y este es el resultado. ¿Cuántas de ellas sois capaces de identificar? Estas son, por orden de aparición y para que las podáis identificar, las lenguas que suenan: castellano, árabe, ruso, coreano, portugués, búlgaro, inglés, chino, italiano, húngaro,francés, japonés, rumano, inglés.
Nuestro territorio está plagado de lenguas que la historia ha ido dejando a su paso y, aunque desconocemos a menudo el sonido o incluso la existencia de algunas, resuenan desde tiempos inmemorables en los rincones de nuestra península. Unas están casi olvidadas, en peligro de extinción, mientras que las otras destellan con fuerza y luchan por su dignidad y la memoria oral y escrita de sus pueblos.
La palabra misma evoca sensaciones poco agradables, agobiantes, confusas. “Estruendo” es el exceso ininteligible de sonido, y, hasta hace poco más de cien años, la peor calificación que una pieza musical podía recibir. Pero ocurre que el oído se acostumbra: tras unas décadas aprendemos a distinguir los sonidos del estruendo y recomponemos en nuestra cabeza la armonía. No es la música la que cambia, sino nuestro concepto de armonía el que se expande.