¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxico? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

¿Están -como temía Georg Simmel en 1903- tan alejadas las grandes ciudades de la vida del espíritu? ¿Es en ellas únicamente posible el cálculo y el tiempo de los negocios? Para contestar negativamente, se suele acudir a la figura del flâneur que funda la modernidad occidental. Primero Baudelaire y luego Walter Benjamin rescatan para la metrópoli al Rousseau de “las ensoñaciones”, cuando sale a pie de su parisina casa de Les Halles, para herboristear. Entre sus elucubraciones andarinas siente en un momento determinado la necesidad de abandonar las menudas observaciones para entregarse a contemplar “el todo” que, según sus propias palabras, se extendía ante sus ojos.
Hemos de sentarnos. En compañía mejor que de manera individual. Sin pantallas de por medio. Sin sacar las manos de los bolsillos. Ni el móvil de la mochila, el bolso, la riñonera, el cerebro. Hemos de sentarnos. En las calles, en los bancos de dos, de tres, de reposabrazos como asiento para el cuarto de la pandilla. Hemos de compartir banco con el vecino de Vallehermoso 37, Santiago, que día tras día, tarde a tarde, se sienta, junto a sus 82 años, a ver pasar a la gente.

Dos islas. Una, en el archipiélago balear. Otra, en el corazón de Galicia. No muy dispares en superficie: 570 y 420 kilómetros cuadrados, respectivamente. Una, soleada, bañada por las olas, cubierta de pinos, almendros, algarrobos. Otra, lluviosa, surcada por el Ulla, tapizada de robles, castaños, pinos. En ambas, conocí, con un intervalo de tres décadas, dos grupos humanos íntimamente afines, partícipes de un mismo espíritu de fraternidad. Stendhal lo habría llamado Escuela de Enseñanza Mutua; Thoreau, Sociedad para la Difusión de la Ignorancia Útil; Santayana, Escuela Infantil para Adultos; Max Jacob, Escuela de Vida Interior; Antonio Machado, Escuela Popular de Sabiduría Superior...

Cerca siempre de críticas zonas de sombra, la naturaleza del tiempo se revela en los momentos de contemplación, de aburrimiento o de revelación cansada. Cuando no ocurre nada o, por el contrario, algo leve resuena en nosotros. O cuando lo que ocurre, poco más que nada, revela la belleza y el enigma de algo que se nos escapa en su modo de estar presente. Es esencial a la revelación temporal un retraso del pensamiento, un retraso que nadie mide, pues las apariencias y los acontecimientos necesitan tiempo. Lo sensible es difícil, necesita una distancia para depositarse, para que cuaje su índole peculiar, un tiempo que apenas se cuenta porque es parte de la vivencia. Pero el dictado de la rapidez en la industria cultural debe librarnos de ese riesgo elemental, de escuchar lo que dice el tiempo.
Hace ya días un veterano de la aviación española, antes del inesperado giro que tomó más tarde la catástrofe de Germanwings, sugería que los últimos accidentes aéreos obedecían con frecuencia a una misma tipología: la velocidad de crucero del aparato, el abandono del control manual de la aeronave a la implementación tecnológica, y un cambio brusco en las condiciones externas que hace imposible que los pilotos puedan ser capaces de recuperar el control de la aeronave. Este mismo experto reconocía también que la capacidad de control manual de la actual generación de pilotos es preocupantemente baja, fenómeno que nos resulta familiar.
Le preocupa, dice y se ríe, irse por las ramas, por esa manía suya de acabar relacionando “que uno plante una cebolla en su casa y que toque la guitarra, con la Unión Soviética”. La conversación es un viaje por muchos lugares y él, mientras tanto, no se casa con nadie. Como el Bob Dylan que retrató Martin Scorsese, Pablo rechaza ser el profeta de otros y, aunque se muestra simpatizante de Podemos, le molestó que su cara apareciera como imagen de la campaña del partido en Asturias sin su consentimiento. El episodio recuerda a su demanda contra La Sexta (Atresmedia) por utilizar su canción A veces la vida es hermosa para promocionar una serie sin preguntarle; cosa que le hizo enrolarse en una disputa con la SGAE por los derechos de los autores.
No he vuelto a ver tantas juntas, nunca tan numerosas. Poco a poco, desplazaron a la gente hacia las otras salas, que de tan apretada apenas podía moverse. En mi delirio todo se fue convirtiendo en un caleidoscopio en movimiento. Ramos y coronas para mi llanto; cartuchos blancos para calmar la sangre de mis ojos. Crisantemos en la pituitaria inflamada. Dolor. Llegaban unas seguidas de otras. Así también sus alumnos de hace veinte, quince, ocho años. Sus alumnos de hace tres días.

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