A lo largo de la Historia se ha “manejado” y utilizado la imagen de los gitanos relacionándola mayoritariamente con el folklore, lo andaluz, cuando no con fábulas y mitos. Un ejemplo claro lo encontramos en De Vaux. Cuando afirma que “ya no faltaba sino presentar a los cíngaros como seres extraterrestres, caídos de algún planeta a la tierra para llegar a ser los Hijos del Viento”. Está clara la utilización y la distorsión de la “imagen” de un pueblo en aras de invisibilizar y no reconocer una identidad étnica, con el objetivo de poder seguir legitimando la necesidad de tutela, caridad y paternalismo.

¿Están -como temía Georg Simmel en 1903- tan alejadas las grandes ciudades de la vida del espíritu? ¿Es en ellas únicamente posible el cálculo y el tiempo de los negocios? Para contestar negativamente, se suele acudir a la figura del flâneur que funda la modernidad occidental. Primero Baudelaire y luego Walter Benjamin rescatan para la metrópoli al Rousseau de “las ensoñaciones”, cuando sale a pie de su parisina casa de Les Halles, para herboristear. Entre sus elucubraciones andarinas siente en un momento determinado la necesidad de abandonar las menudas observaciones para entregarse a contemplar “el todo” que, según sus propias palabras, se extendía ante sus ojos.
Vivimos una crisis sistémica marcada por el deterioro económico, por un panorama social devastado que nos lleva a una degradación generalizada de las condiciones de vida y a un aumento insostenible de las desigualdades sociales. En el terreno del urbanismo y la arquitectura esta crisis es encarnada por la grandeza e insensatez de proyectos urbanos desproporcionados, obras infraestructurales infrautilizadas, edificios icono de la ciudad diseñados por arquitectos estrella y, en suma, una lógica insostenible de construcción y crecimiento ad infinitum basado en estrategias especuladoras, muy alejadas de la realidad diaria de las personas que las habitan e insensibles a los límites de la naturaleza. Se preguntaba David Harvey en su libro Rebel Cities: “¿Ha contribuido al bienestar humano esa espectacular urbanización?, ¿nos ha hecho mejores personas, o nos ha dejado sumidos en la alienación, la cólera y la frustración?”.
Al caracol más accesible se tarda como ocho horas en llegar. Tienes que tomar un autobús, después esperar como una hora para tomar otro, una furgoneta y que alguien se pare a llevarte por el camino de tierra último. Ahí, ya en el caracol, les cuentas qué quieres hacer y ellos deciden si te dejan quedarte. Es cierto. A unos de los caracoles –los puntos autónomos y liberados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional-EZLN— más accesibles en 2011 para un extranjero sin carta de presentación se tardaba unas ocho horas en llegar, tras tomar dos autobuses, una furgoneta y hacer auto stop por una vereda de tierra seca. Era uno de los más cercanos a San Cristóbal de las Casas, puerta de entrada a un entorno mágico por su naturaleza y por su coraje.
Parla es una pequeña ciudad del sur de Madrid. En ella viven algo más de cien mil habitantes, en su mayoría herederos de lo que antaño llamábamos la clase obrera. Conocida por su condición de ciudad marginada por las políticas oficiales, sus gobernantes cuentan con el logro de acumular la séptima mayor deuda del país. El logro, por cierto, es que todo ese gasto público no se note en las calles ni en la vida de la gente.
El debate público sobre la tortura ha quedado limitado por la convicción generalizada de que la democracia es intrínsecamente americana y de que cualquier estrategia diseñada para proteger o defender la versión americana de la democracia es legítima. Otro problema con este debate es que la versión americana de la democracia se ha ido convirtiendo cada vez más en un sinónimo del capitalismo, y el capitalismo ha ido definiéndose cada vez más por su capacidad de extenderse por el mundo. Esto es lo que ha encuadrado la discusión en torno a la tortura y ha permitido que los dilemas morales sobre esta se expresen junto con la idea de que ciertas formas permisibles de violencia son necesarias si queremos preservar la democracia americana, tanto en Estados Unidos como en el extranjero.