A las dos de la madrugada de un sábado, probablemente de la madrugada más misántropa de mi vida, el móvil suena con una notificación cantarina. Martin, 27, me ha mandado un mensaje. “Hey, what’s up?”. No conozco a Martin, ni siquiera he chateado con él antes; surgido de las nieblas de la compatibilidad en Tinder, puede que esté interesado en saber cómo me trata la vida o que quiera conocer mi disponibilidad para encamarle en las horas siguientes. Si fueran las cinco de la tarde tendría claro que Martin quiere recorrer el camino que va de la conversación personal al encamamiento; pero está claro que, en cuanto a filosofía del lenguaje, soy pragmatista y el contexto importa. Creo que hubiera preferido que Martin, 27, a 3 km de distancia, comenzara su contacto nocturno con un cordial “Hey, wanna fuck?”, aunque también sospecho que el caballero maximiza sus posibilidades de éxito respecto a las damas si elige la expresión pudorosa. Lo cierto es que no sé nada de Martin, no sé si sus movimientos me resultan atractivos, no sé si su personalidad me provoca sensualidad o aburrimiento, así que a fin de cuentas mi respuesta depende de mis ganas de follar en ese momento. Martin y yo tuvimos mala suerte porque me escribió en una madrugada, como digo, muy misántropa, así que no contesté.

¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxico? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

No sin la soledad. Del uno. Del que no ha de necesitar un +1, ni un 2 en su presentación en sociedad. No sin el amor propio, sin el grito contra las naranjas completas. No a la prohibición de ser media hoy, mañana y hasta cuando una quiera. No sin nuestras abuelas, sin nuestros espejos, nuestro punto de soberbia y autoconfianza, sin nuestro orgullo, ni nuestra rabia, reivindicativa de la independencia y la autogestión. No a los pelos ajenos en el baño, a los dos cepillos de dientes en el vaso de duralex, a compartir gel y champú. Ni dos tipos de pan, ni pelear por la marca de los yogures. No sin Darío, que, benevolente, nos avisa de que “primero está la soledad” y que ésta, inquilina de “las entrañas” y “el centro del alma”, es “la esencia, el dato básico, la única certeza”. No sin Jaramillo que, insistente, nos ve tropezar en la misma piedra que ayer, que mañana, pero aún así terco y convencido resiste: “Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario”.
Bienvenidos al caos aparente del amor, donde el esfuerzo requerido es proporcional a lo perdidas que nos encontramos, pues háganse a la idea de que quienes escriben, hasta hace dos meses desconocían el asunto. Por casualidad nos topamos con términos como “relación abierta”, “poliamor”, “anarquía relacional”, “ética promiscua”, “libertad sentimental” o “crianza alternativa de los hijos”, que pasaron de ser completos desconocidos a temas habituales de conversación.
No he vuelto a ver tantas juntas, nunca tan numerosas. Poco a poco, desplazaron a la gente hacia las otras salas, que de tan apretada apenas podía moverse. En mi delirio todo se fue convirtiendo en un caleidoscopio en movimiento. Ramos y coronas para mi llanto; cartuchos blancos para calmar la sangre de mis ojos. Crisantemos en la pituitaria inflamada. Dolor. Llegaban unas seguidas de otras. Así también sus alumnos de hace veinte, quince, ocho años. Sus alumnos de hace tres días.