Tecnología inalámbrica: ¿herramienta o amenaza?

Supongo que términos como radio, Wi-Fi, GSM, 2G, 3G, 4G, Bluetooth y DECT resultan familiares para la mayoría de vosotrxs. El uso del teléfono móvil ha pasado de ser anecdótico a imprescindible en un lapso de tiempo de veinte años, y los cables que empezaron a ser utilizados en los años ochenta para intercambiar modestos paquetes de datos entre ordenadores están pasando a la historia. Pocxs son ya lxs coleccionistas que aún conservan un ordenador de sobremesa en casa. No digamos ya un teléfono fijo conectado a la roseta que impide cocinar mientras se habla a través de él. A qualquiera tomarían por loco si hiciera el intento de tirar un cable desde el router a su ordenador portátil para conectarse a internet. Casi parecen ideas de la Prehistoria, y sin embargo todxs las hemos vivido y no somos tan viejxs.

La revolución digital en la que nos encontramos inmersxs viene acompañada de un desarrollo de las telecomunicaciones sin precedentes, estandarte del sigo XXI y precursor de multitud de avances tecnológicos complementarios. La constantemente creciente capacidad de cálculo, las gestión de cantidades cada vez más grandes de información, la reducción de las dimensiones físicas de los equipos y el continuo incremento en alcance y velocidad de las comunicaciones inalámbricas muestran un gran potencial para mejorar nuestras vidas. Eso está claro. Pero, ¿qué hay detrás de todo esto? ¿Tiene semejante desarrollo tecnológico algún tipo de consecuencia? Preguntas de este tipo han emergido inevitablemente de forma simultánea a la implantación de los avances en telecomunicaciones, y multitud de investigaciones científicas relacionadas con la radiación electromagnética se han puesto en marcha en las dos últimas décadas para intentar darles respuesta. Su objetivo, entender los fenómenos subyacentes a la comunicación inalámbrica, su comportamiento y su posible interacción con los organismos vivos. Determinar si existe algún límite que no debería ser sobrepasado, si es necesario tomar algún tipo de precaución. La mayoría de los estudios, sin embargo, no han sido capaces de extraer conclusiones determinantes al ritmo impuesto por el desarrollo tecnológico, al mismo tiempo que las grandes empresas del sector ejercen presión con los medios que tienen a su alcance e intentan hacer prevalecer sus intereses económicos. 

En el medio de la problemática se encuentra actualmente la práctica totalidad de la población del planeta, que se ve expuesta, sin poder evitarlo y, en muchos casos, sin ser siquiera consciente de ello, a intensidades crecientes de campo electromagnético durante periodos de tiempo cada vez más prolongados.

Si a la increíble dificultad de evaluar los efectos de un fenómeno continuamente cambiante añadimos la falta la voluntad para ello, el único resultado esperable es una mezcla de tecnologías heterogéneas de efectos desconocidos con una fuerte falta de regulación. Hay regulación, por supuesto, pero el Real Decreto que regula la materia en España [1] entró en vigor en el año 2001 y está basado en recomendaciones aún más antiguas de organismos internacionales. ¿Quién de vosotrxs tenía teléfono móvil en 2001? No obstante, valga decir que la pasividad de los Gobiernos españoles está justificada en este caso. La legislación española no ha evolucionado porque la comunidad internacional no ha detectado esa necesidad. Los máximos organismos internacionales competentes son el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE, por sus siglas en inglés) y la Comisión Internacional para la Protección frente a Radiaciones No-Ionizantes (ICNIRP). Ambos organismos publicaron por primera vez en 1991 y 1998 (respectivamente) recomendaciones sobre los niveles máximos de exposición de los seres humanos a campos de radiofrecuencia [2, 3]. Dichas recomendaciones, aunque por sí mismas no eran de obligado cumplimiento, fueron globalmente aceptadas por los organismos reguladores y traspuestas a la legislación de numerosos países y de la Unión Europea [4, 5]. A raíz de la creciente preocupación de la población y la proliferación de investigaciones científicas en este ámbito, ambas directrices fueron revisadas en 2005 y 2009 respectivamente, pero ninguna de ellas se modificó sustancialmente, considerando que no existe evidencia científica suficiente que demuestre efectos nocivos para la salud derivados de exposiciones dentro de los niveles recomendados. Así lo expresa la ICNIRP en su revisión de 2009 [6]: 

El ICNIRP entiende que la literatura científica publicada desde las directrices de 1998 no ha aportado evidencias suficientes sobre ningún efecto adverso por debajo de las restricciones básicas y no tiene la necesidad de revisar de forma inmediata sus recomendaciones sobre los límites de exposición a campos electromagnéticos de alta frecuencia. 

A día de hoy, los únicos efectos adversos de la radiación electromagnética (EM) que se consideran a nivel normativo son los de origen térmico. Precisamente porque sus causas son bien conocidas y se sabe cómo evitarlos. Se sabe que la radiación electromagnética de alta potencia origina calentamiento de los tejidos biológicos, y se estima que éstos son dañados si dicho incremento de temperatura supera 1ºC. La solución es, por tanto, sencilla: limitar la potencia recibida por los tejidos de manera que nunca lleguen a aumentar su temperatura 1ºC. Sin embargo, la ciencia sugiere otros posibles niveles de interacción entre campos EM y organismos vivos. La mayoría de los procesos biológicos están controlados por fenómenos eléctricos. Como cualquier campo eléctrico variable en el tiempo induce un campo magnético, y viceversa, la presencia de campos externos, por muy débiles que sean, interaccionará con los procesos internos de cualquier organismo vivo y podrá, potencialmente, alterarlos. Diversos estudios recientes han presentado evidencia empírica de esta sensibilidad celular a campos EM de baja potencia media que no producen calentamiento, especialmente tras exposiciones prolongadas.

Para no entrar en detalles, me limitaré a dar una lista resumida de patologías que podrían estar relacionadas con la exposición a campos EM. Existen estudios que asocian la exposición a campos electromagnéticos con problemas tan diversos como cáncer, reducción de la calidad del semen, afecciones del sistema inmune, daño en las cadenas de ADN o cambios en la expresión genética y la síntesis de proteínas específicas. Se encuentran también en expansión algunas patologías específicas cuyas causas se achacan a la exposición prolongada a campos electromagnéticos de baja intensidad. Es el caso, por ejemplo, de la hipersensibilidad electromagnética y del Síndrome de Microondas, que presentan síntomas que fácilmente pueden pasar desapercibidos o ser atribuidas a otras afecciones. Algunos de estos síntomas son: dolor de cabeza, fatiga, irritabilidad, náuseas, pérdida de apetito, insomnio, falta de concentración, pérdida de memoria, alteraciones visuales, problemas cardiovasculares y depresión. Algunos estudios muestran relaciones significativas entre dichos síntomas y el campo eléctrico medido o la distancia a estaciones de repetición de telefonía móvil, o entre el campo eléctrico medido en las bandas GSM 900/1800 en el interior del dormitorio y la presencia de síntomas cardiovasculares. 

No obstante, también abundan las publicaciones que sugieren la ausencia de tales relaciones significativas entre síntomas y exposición a campos EM. Y si algo tienen en común ambos tipos de estudios es que presentan, en su mayoría, deficiencias metodológicas relacionadas con la selección de sujetos, el procedimiento de evaluación de la exposición, la identificación de controles adecuados o la confusión de factores. Aunque no es fácil elaborar un estudio epidemiológico riguroso, algunos de estos problemas son solucionables. Pero hay dos que en este caso no lo son. Uno de ellos es la selección de muestras de control. Actualmente, no hay lugar en el mundo totalmente libre de radiación electromagnética, salvo contadas excepciones. Por tanto, no es posible encontrar sujetos de estudio que no estén sometidos a radiación con el fin de comparar su evolución con la de los sujetos expuestos. El segundo problema es la imposibilidad de cuantificar los efectos a largo plazo, porque aún no se han manifestado. No existe población que haya estado sometida a los niveles de radiación actuales durante un largo periodo de tiempo. ¿Provocan los niveles actuales de exposición efectos a largo plazo? No lo sabremos hasta que estos efectos aparezcan (o no). Y para cuando se puedan estudiar los efectos a largo plazo de la radiación que había hace 20 años, probablemente los resultados no servirán de nada porque el nivel de exposición habrá aumentado en uno o dos órdenes de magnitud, y volveremos a estar frente al mismo problema.

En resumidas cuentas, la ciencia no aporta gran cosa en este tema. O nada concluyente, al menos. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿Qué posición debemos tomar? ¿Deberíamos preocuparnos por la posibilidad de que existan efectos nocivos? ¿Deberíamos tomar precauciones ante algo que no sabemos si es dañino? ¿Debemos sacrificar las comodidades que aportan los avances tecnológicos por algo que no está demostrado? ¿Podemos permitirnos esperar a que se sepa algo más? Obviamente, no hay una única respuesta válida a estas preguntas. La perspectiva más cómoda y común es la pasividad. Mientras no aparezcan problemas no hay de qué preocuparse. Pero veamos algunos puntos de vista un poco más llamativos. 

Lxs habitantes de la National Radio Quiet Zone, al este de Estados Unidos, parecen poder seguir sobreviviendo en la Prehistoria tecnológica, sin móviles ni Wi-Fi [7]. Se trata de una zona en la que la radiación electromagnética artificial está restringida para evitar interferencias con varios radiotelescopios. Aprovechando esta peculiar circunstancia, gente que alega ser sensible a los campos electromagnéticos ha decidido emprender una nueva vida al estilo antiguo [8].

Otro tipo de estrategia seguida por aquellxs que sufren la llamada hipersensibilidad electromagnética consiste en la instalación de elementos de apantallamiento. Hace ya más de un año tuve la ocasión de visitar a Yolanda, una amable mujer que me ofrecía café y galletas mientras me contaba lo que le había costado (en términos de tiempo, esfuerzo y dinero) adquirir y ensamblar, después de un par de intentos fallidos, una instalación que les permitiera permanecer en aquella casa. Su marido llevaba años sufriendo síntomas como fatiga crónica, insomnio y dolores de cabeza, y no eran capaces de encontrar su causa. Ni ellos ni ningunx de lxs médicxs que visitaron. Hasta que un buen día toparon con esto de las ondas y empezaron a aprender sobre el tema. Y descubrieron que existían formas de apantallar la radiación electromagnética emitida por la enorme antena de telefonía que estaba instalada justo en el tejado de enfrente, con línea de visión directa desde su terraza. Empezaron a probar posibles soluciones hasta que encontraron una buena combinación: malla de acero inoxidable para la terraza y film transparente con un compuesto de plata para los vidrios de las ventanas. Con esta instalación podían dormir. Yo tuve la ocasión de visitarles con el objetivo de medir el efecto real de estos dispositivos de apantallamiento. Para ello contaba con un analizador de espectro, uno de los equipos que permite medir radiación electromagnética con mayor precisión. El resultado habla por sí solo: los valores máximos de campo eléctrico provenientes de la antena eran 10 veces menores con una capa de apantallamiento, y 40 veces menores con dos capas. 

Y por último, aparte de lxs que huyen y lxs que se refugian, tenemos a lxs que luchan. Cada vez existen más movimientos de sensibilización y comienza a haber iniciativas ciudadanas con objetivos muy concretos, como eliminar las redes inalámbricas (Wi-Fi) de las escuelas [9]. También lxs hay que acuden a los tribunales y, a veces, ganan. Recientemente han aparecido en España y Francia sentencias históricas que reconocen la hipersensibilidad electromagnética como causa de incapacidad laboral [10, 11], y en 2012 el Tribunal Supremo Italiano reconoció la existencia de una relación causal entre el uso continuado del teléfono móvil y el desarrollo de un tumor cerebral benigno en un empresario italiano que alegaba haber hablado por teléfono durante 6 horas diarias a lo largo de 12 años [12].

¿Conclusiones? Que cada cual extraiga las suyas. Lo único que está claro es que la tecnología avanza a una velocidad de vértigo que la ciencia no es capaz de seguir. La falta de trabajos de investigación concluyentes motiva la ausencia de una legislación sólida y bien informada, que las grandes compañías radioeléctricas aprovechan para defender sus intereses económicos. Jueces y juezas no saben cómo reaccionar cuando han de dictar sentencia en este tema, aunque demuestran hacerlo cada vez con más prudencia. Y al final estamos los y las ciudadanas, que sufrimos (o lo haremos), queramos o no, las consecuencias de todo esto, por no mencionar los efectos en fauna y flora.

En este contexto, plagado de incertezas y conflictos de intereses (algunos han sido denunciados entre el ICNIRP y la industria de las telecomunicaciones, por no hablar de gobiernos y ayuntamientos), ¿no merece la pena, al menos, pararse a pensar? Quizá habría que recordar el objetivo primero de la tecnología, que según lo que a mí me han enseñado nació como herramienta para mejorar nuestras vidas. Quizá vendría bien bajarse del tren de alta velocidad en que estamos subidos y echar una mirada atrás, y adelante. Volver a la realidad y considerar seriamente las implicaciones de lo que hacemos. Quizá deberíamos volver y desempolvar un concepto llamado Principio de Precaución, que parece haber caído en el olvido. Quizá habría que volver. Pero no queremos volver a cometer los mismos errores que se cometieron con el tabaco, los CFCs o la gasolina con plomo. Queremos volver a ser dueños también de la tecnología, y no esclavos de ella.

Si te preocupa todo esto y te gustaría saber cómo reducir (simplemente por si acaso) tu exposición diaria a radiación electromagnética, aquí tienes algunos consejos que puedes incorporar fácilmente a tu vida cotidiana sin tener que volver a la Edad Media:

-  Apaga el móvil cuando duermes, o ponlo en modo avión. Evita dejarlo cerca de tu cabeza.

-  Evita hablar por el móvil en lugares con mala cobertura, especialmente el metro o cuando viajas distancias largas. Cuanto peor es la señal que recibe tu teléfono, más potencia emite.


-  Lo mismo vale para navegar por internet o usar cualquier aplicación que requiera intercambio de datos. En el metro, intenta leer un libro o el periódico. Si quieres escuchar música, descárgala previamente.

-  Compra unos auriculares con micrófono para el móvil (manos libres), de manera que no tengas que tener la antena del teléfono pegada a tu cerebro cada vez que quieras llamar.

- Cuando tengas el móvil encima, intenta llevarlo lo más alejado posible de tu cuerpo. Un bolso o mochila siempre será mejor que el bolsillo del pantalón.

-  Evita el uso de teléfonos fijos inalámbricos DECT. Éstos emiten siempre que están fuera de su base, incluso cuando no hay ninguna llamada en curso. Cámbialos por un teléfono con cable de los de siempre, que son baratos y cumplen su función. Si quieres duplicar tu movilidad, instala dos en lugares distintos de la casa. 

-  Si siempre utilizas tu ordenador portátil en el mismo lugar, plantéate tirar un cable desde el router hasta ese lugar.

-  Apaga el Wi-Fi de casa cuando no lo necesites, especialmente cuando te vas a dormir. La mayoría de modelos de router (aunque cada vez menos) permiten desconectar sólo la red inalámbrica manteniendo el servicio de internet por cable.

-  Si estás dispuesto a reducir un poco más tu calidad de vida, minimiza el uso del microondas. ¡Hasta las palomitas pueden hacerse en una olla!

 

Referencias:

[1] Real decreto 1066/2001, de 28 de septiembre, por el que se aprueba el reglamento que establece condiciones de protección del dominio público radioeléctrico, restricciones a las emisiones radioeléctricas y medidas de protección sanitaria frente a emisiones radioeléctricas.

[2] IEEE Std C95.1-1991, IEEE Standard for Safety Levels with Respect to Human Exposure to Radio Frequency Electromagnetic Fields, 3 kHz to 300 GHz.

[3] I. C. on Non-Ionizing Radiation Protection. Guidelines for limiting exposure to time-varying electric, magnetic and electromagnetic fields (up to 300 GHz). Health Physics, no. 74, pp. 494–522, 1998.

[4] Directiva 2004/40/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 29 de abril de 2004, sobre las disposiciones mínimas de seguridad y de salud relativas a la exposición de los trabajadores a los riesgos derivados de los agentes físicos (campos electromagnéticos) (decimoctava directiva específica con arreglo al apartado 1 del artículo 16 de la directiva 89/391/CEE). Diario Oficial de la Unión Europea L 159 de 30 de abril de 2004.

[5] Directiva 2013/35/UE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 26 de junio de 2013, sobre las disposiciones mínimas de salud y seguridad relativas a la exposición de los trabajadores a los riesgos derivados de agentes físicos (campos electromagnéticos) (vigésima directiva específica con arreglo al artículo 16, apartado 1, de la directiva 89/391/CEE), y por la que se deroga la directiva 2004/40/CE. Diario Oficial de la Unión Europea L 179 de 26 de junio de 2013.

[6] I. C. on Non-Ionizing Radiation Protection. ICNIRP statement on the “Guidelines for limiting exposure to time-varying electric, magnetic, and electromagnetic fields (up to 300 ghz)”. Health Physics, no. 97, pp. 257–258, 2009.

[7] http://www.npr.org/sections/alltechconsidered/2013/10/08/218976699/enter-the-quiet-zone-where-cell-service-wi-fi-are-banned

[8] http://www.bbc.com/news/world-us-canada-14887428

[9] http://www.escuelasinwifi.org/

[10] http://elpais.com/elpais/2011/07/12/actualidad/1310458634_850215.html

[11] http://elpais.com/elpais/2015/09/09/ciencia/1441819089_838483.html

[12] https://www.rt.com/news/italy-phone-causes-tumor-840/

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