Tres palabras griegas

 

«La ciencia del lenguaje no se diferencia en absoluto de la ciencia del pensamiento», afirmaba Nicolas Beauzée (1717-1789), redactor de los artículos sobre Gramática para la Encyclopédie. Una centuria más tarde, Nietzsche, filólogo además de filósofo, enunciaba la misma ecuación con ligeras variantes: «El desarrollo del lenguaje y el desarrollo de la conciencia van de la mano» (1882). Al cabo de otro siglo, Chomsky suscribía: «Los principios de la gramática general son idénticos a los de la razón humana en sus operaciones intelectuales» (1985). Resonancias: «La propensión específicamente humana al intercambio y al comercio no es casual, sino que está condicionada por el uso de la razón y del lenguaje» (Marx, 1844). «El lenguaje es por excelencia el lugar común» (Ortega, 1933). «La verdad del ser y la reflexión sobre la esencia del lenguaje tienen el mismo rango» (Heidegger, 1946). «La estructura del espíritu humano se halla en germen en la lengua» (Bruno Snell, 1946). «Los griegos ni siquiera tenían una palabra para decir "lenguaje", sino solo para "lo que se comunica", lo que podemos intercambiar: una parte de la verdad» (Gadamer, 1978). «Lo común a todos es sin duda el lenguaje o razón, cuya ley es la contradicción» (García Calvo, 1985). «La racionalidad, el lenguaje inteligible y comunicable es una tarea siempre inconclusa» (Emilio Lledó, 1995). Así pues, juntos giran sin fin el conocimiento y el lenguaje, el signo y el concepto, uno alrededor del otro —estrella y planeta alternativamente— en el cosmos desconocido e infinito. Siendo dos, forman unidad. Perder el compás es parte de su concierto. Por eso, el comediógrafo Menandro, alumno del filósofo Teofrasto, sentenció: «La lengua, al equivocarse, dice la verdad». En este planeta (del griego planetes: «errante»), todo comienza y termina en Grecia, pues nuestra dieta (díaita: «modo de vida») es precisamente la agonía (agón: «lucha»).

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