Una flor propia

Si os paseáis por cualquier navegador y en el apartado imágenes tecleáis MIMOSA, flipareis.

Dejaros llevar; dejad la mente en blanco y las emociones en modo atención.

MIMOSA. De tanto en tanto cerrar los ojos y repetid, como si fuera el nombre de una mujer nabokoviana pero sonoramente labiopalatal: MI MO SA.  Y, de nuevo, abridlos. Dadle al enter. Imagen a imagen. Ampliad la pantalla, acercaros a ella y dejad que os penetre la luz. Buscad otra y otra más, a cual más bella, más inmensa, más dulce, más abierta. Ahora  ampliad la fotografía, una sola, escoged una. Es algodón amarillo, limón y nata, chuche de niño chico. Bolita a bolita parece aquello que imaginas que lo tomas y desaparece. Bolita a bolita hecha ramo os envuelve y jugáis. Vigilad, vigilad mucho si evitáis su belleza o cualquiera de sus encantos, ya que podéis temer que os atrape. Tiene…mucho embrujo y con la atención baja podéis estar en un tris de dejaros seducir, de envolveros en su magia. Ahora estad muy alerta. Con atrevimiento, pero no lejos de cierta duda, la curiosidad es atrevida y no podéis dejar  las defensas bajas. Cuidado con el síndrome de Sthendal. Miráis hacia un ramillete, hacia otro, de repente la caída que produce el peso de unas cuantas, grano a grano, racimo a racimo, ese amarillo, ummm… ¡Es más lindo que… la luna amarilla!  Y ahí os perdéis de nuevo, profundamente. Sin remedio. Sois mimosa, ya. Eres mimosa, sí.

Irremediablemente:

Es extraño. Estoy en movimiento, en extraño movimiento. Nada más salir el sol he caído en un letargo. Abandonada la noche, la luz del día sosiega mi cuerpo y el aire alimenta mi sueño. Duermo. Y entro en un extraño movimiento. No sé qué se mueve, si yo o el resto del mundo. Despierto un poco. Con un vaivén me balanceo como pluma de pájaro, mientras veo pasar amigas, conocidos. Miro el cielo. Es un gran azul. Ni un rasgo de nube, sólo el vuelo y el trino de aquellos que libres cumplen aquello para lo que nacieron. ¿Y yo? Ay que me duermo. Extraño movimiento. Soy feliz de ser quién soy. No lo puede decir cualquiera. Me siento como un abrazo que abriga la amistad y la cuida, la protege contra vientos y temporales; puedo darme a un boceto, a una nota, a un encuentro. Medio duermo. Pero… ¿Dónde me llevan?

- ¿Qué tal Violeta? Bonito día.

- Hola, ¿qué tal? ¿Quieres un melocotón? También tengo naranjas. Cómo huelen...

- Gracias Violeta. Pásate luego por mi tenderete que te haré un regalo que te gustará.

- Claro que iré. ¡Hasta luego!

Medio duermo y medio escucho. Mujeres, sólo mujeres. Las voces son femeninas. Están alegres, parece que estén preparando una danza. Chillidos simpáticos y llenos, saludos y más saludos se cruzan en un aire que no veo. El día se está volviendo primaveral y cuando me siento más feliz en el balanceo, cada vez más cotidiano, menos extraño, llega de repente una calma, casi un freno.

- ¡Felicidades!

- ¡Feliz día! ¡Qué buena mañana para celebrarnos!

Oigo desvelada cómo unas mujeres se felicitan, se abrazan, se alaban, se bendicen, se tutelan. Oigo cómo explotan de dicha, cual bolitas pequeñas de flor al inicio de temporada, en comunión, en encuentros. Gritan más que hablan, aunque algunas lo hacen y sé que también les produce inmensa gratitud saberse escuchadas. No sé por qué lo sé, pero lo sé.

En mi descanso he adivinado detalles. Detalles que lucen los mejores vestidos, blusas o pantalones que han guardado para este día, ese día especial; parece su día. Que les acompañan sus hijas, también engalanadas, con diademas de flor y flor, ofreciendo dulces y regalando poemas que sus madres o las madres de sus madres han escrito. Lúcida y fresca, con el sol abandonando el recto pino, he descubierto que empiezo a formar parte de la fiesta, a ser la fiesta.

- Violeta, mira qué mimosa, está espléndida. Coge una rama, toma un regalo ¿A qué es linda?

- Tomad una ramade mimosa, es espectacular. ¡¡¡Es nuestra flor!!! Pecada de sensibilidad y de delicadeza pero ¡de raíces fuertes y tallo valiente!

- Gracias, gracias. MI MO SA. LO LI TA. ¡Qué bien suena, como a literatura! ¡Qué bien huele, qué bien luce, la naturaleza! ¡Nuestra flor, amigas!

- ¡Gracias! ¡Compartamos!

Y así, despierta, gracias a ese trance similar a un aquelarre, a un conciliábulo o a una gran alharaca, me dividí, me repartí, generosa, y fui orgía, regalo y ofrenda; brote a brote, en la rama, entre verdes y amarillo, fui mujer, fui mimosa. Mujer-mimosa. Qué más da. Regalé, me regalaron. Y no estaba soñando. Fui la alegría del presente. Oro, plata o mirra. ¡Fui Maga! Y aun no teniendo voz, eso os grito.

Y nosotras, como al inicio de este texto nos advirtieron, podíamos sucumbir y eso pasó. No hubo engaño, todo lo contrario. Abrimos nuestras casas, nuestras almas y salimos en busca de la dádiva y en un plis nos rebelamos flor.

Abiertas al consejo, un día de marzo, las mujeres y niñas, y quizás también algunos niños y hombres, salimos zumbando de nuestras cábalas. Casi con un aullido. Pedimos permiso, olvidamos pedirlo, obviamos pedirlo... y buscamos, la buscamos. Tal como se nos pidió. Y allí estaba.

Quieta en el jarrón de vidrio con fondo de agua clara, en el rincón de la jardinería, nos esperaba y decía: “Venga va, ¡cógeme!”, cual Alicias curiosas que éramos; o más allá, en un árbol agarrado a aquella casa entre decadente y apartada, la que le daba el sol un buen rato largo, o en aquel tenderete, recordemos, brillante y luminosa, tendida, como dormida, al lado de jabones y colonia fresca, frutas y lazos lilas. Eso sí, siempre con mujeres, con niñas. ELLA: MIMOSA en flor. También cerquita de esa puerta, un trozo caído-desvanecido encima de la aldaba con herrumbre, ahí, acariciando la entrada, invitando al personal a ver y mirar, a tomarla. Sobre todo a tomarla. Y la tomamos. Vaya si la tomamos. Fuimos ella. Y, sí, al tomarla fuimos aquella flor, vimos con claridad la imposibilidad de acariciarla, de olerla o de mimarla a través de pantallas y ordenadores; imposible de retener sino era teniéndola en su plenitud, presente, en toda su dimensión; imposible de compartir si no era con la presencia. La flor de la mujer, toda entera o en una brizna, en cascada, coral, eso sí, siempre generosa, evocadora de amor y fraternidad.

Y se hizo otra historia, un día más. El desencadenante: un viaje del sueño a lo mágico. De nuevo, la normalidad, y ya; todo puede estar bien con la cotidiana costumbre, a veces incluso es reconfortante como caer en un silencio. Sin embargo, no decaigais si queréis lio. Y si ahora esa realidad aprieta, todos en vuestras casas, trabajos, en un transporte o en el recreo, delante de cualquier pantalla os llega una invitación a los inquietos y con hambre de esta historia:, buscad de nuevo en vuestro navegador ahora con las etiquetas: mimosa, mujer, 8 de marzo… y, si tenéis a bien, tuitead la mini-información, y con una flor, sólo con una flor y cuatro caracteres, el símbolo correrá a la velocidad del eco y cada marzo renacerá con más fuerza aquella mujer-mimosa. Y el agradecimiento de lo justo se os concederá desde la fascinación de lo conseguido.

El ruido de Endora

 

Etiquetas : cuerpos, flores, mujer
Artículos relacionados