Una oboísta en la armonía, el silencio y el estruendo

Quizá sea de un músico de quien más concreción y tecnicismo se espera a la hora de definir estos tres términos. Pero los he experimentado y sentido de formas tan diversas, que casi me sucede todo lo contrario: hablar de estos tres pesos pesados, hermanos y rivales, dependientes y a la vez excluyentes, me produce vértigo. Así que si lo que espera el lector es una definición en la que imperen clarividencia y frialdad, le diré que puedo contar por decenas las veces que de boca de profesores, compositores y directores escuché un “el silencio también es música”. Empezamos mal.

Y es que, con el paso del tiempo, el Silencio dejó de ser la falta de sonido para convertirse en lo que reforzaba su expresión. Descubrí con fascinación la existencia de silencios hirientes, cómicos, enajenados o melancólicos. Dejé de hablar de Armonía refiriéndome únicamente a sonidos de diferentes alturas producidos de forma simultánea, pues no existe Armonía sin balance, color, intensidad e incluso entorno y carácter. Estruendo ya no es nada. O quizá la falta de experiencia o ganas para procesar lo que viene. La expresión que emplea aquel que no comprende o no quiere comprender que el lenguaje evoluciona. Estruendo es todo lo que durante la historia se salió de los cánones. El rechazo a aceptar la existencia de nuevas realidades o la necesidad de expresarse de una forma diferente.

Lo advertí. No sé hacer de diccionario musical. Ni quiero. Me resulta imposible encerrar a estos tres gigantes en una ristra de palabras que pretendan acotar lo que no se presta a ser encerrado. Prefiero hablar de la magia; de los secretos que llevaron al músico a hacer música; del nerviosismo que provoca convertirse en cómplice del silencio, la armonía y el estruendo.

Pensando en las diferentes formas de expresión del silencio, es curioso y divertido darse cuenta de que, a veces, todas las palabras del mundo no bastan para describirlo. Para hablar de algo que en principio debería ser hueco, vacío. Así que se me ha ocurrido destacar un silencio muy especial que sólo el músico conoce y que nunca se experimenta de igual forma. Ningún tratado de teoría musical lo menciona ni aparece garabateado en partitura alguna. En este silencio no escrito, en este fantasma mudo y solemne, reposa la resonancia del último acorde o quizá el regusto de la sinfonía completa. En un cortísimo intervalo de tiempo, sientes cómo el oyente contiene la respiración y quedan al descubierto su congoja o su alivio, su comprensión, o tu soledad. Como intérprete, flotas en una sensación de vacío eufórico sabiéndote narrador y creador de historias y emociones ajenas y propias. Saboreas tu papel perecedero e irrepetible. Ese agridulce que tienen los instantes que son maravillosos por ser únicos, y desconsoladores, por lo mismo. Un par de segundos, quizá menos, y la tensión se rompe, rompiéndose también el silencio. Y ese instante, desaparece para siempre.

He pensado mucho en cómo referirme a algo tan complejo y completo como es la armonía pues como sucede con el silencio, es un tema que cuanto más indago, más insondable se vuelve. No encuentro sentido a referirme a la historia de cómo surge y se desarrolla la Armonía Clásica o a explicar las singularidades de los diferentes acordes. Pero quizá el problema es que, aún así, me siento incapaz de sintetizar toda la disparidad que me viene a la cabeza. Quizá lo que me gustaría manifestar es la certeza que tengo de que las sociedades precisan un modelo repleto de esas ideas que me asaltan, volubles e inquietas, al repasar mi vivencias como músico.

Armonía es el encuentro de gente extremadamente distinta, que se comprende, se mueve y se conmueve con una Novena de Beethoven. Armonía es esfuerzo, las horas de estudio en solitario para poner en común unas ideas que se desarrollarán sin límites si existe un trabajo previo enérgico y entregado. Es un ensayo de cámara. Un jugar a mezclarse o a esconderse o destacar. Un grupo en el que todos alternan los roles de principal y de secundario. Donde el ego se abandona porque la armonía con egoísmos no funciona y donde el trabajo es complementar, rellenar y aglutinar. Es la orquesta. El reflejo de lo que que sería esa forma perfecta de sociedad, la dedicada a un fin común. Armonía es la del relieve y los recovecos. La de la danza. La que se retuerce entre tensiones y distensiones. La de las diferentes tonalidades de rojos o azules o grises. La que se amansa o se rebela con el paso del tiempo.

Un arte inmóvil, que no reacciona, no patalea y no se desgañita, no es arte. Rechazo la palabra estruendo para hablar de música. Y así como la desecho, me preocuparía no escucharla, pues esto supondría que nos hemos detenido, que no latimos, que nos conformamos. Una obra musical que calificamos como estruendosa es, en definitiva, aquella que contiene elementos a los que nuestro oído no está acostumbrado por encontrarse los mismos geográfica, temporal o culturalmente lejos de nuestro entorno.

Desdeñamos músicas de otras tendencias, escuelas o ambientes por el mero hecho de sernos desconocidas o de no captar nuestra atención de inmediato. Pero esto no es algo nuevo. Es la piedra con la que una y otra vez tropezamos. La historia de nuestra Historia. Pues ¿cuántos creadores han sido locos y cuántas obras apartadas por complejas, incómodas y hasta inabarcables?

En 1607, Monteverdi recuperó con su Orfeo la esencia de la tragedia griega al poner la música al servicio de la palabra y la acción dramática. Esto creó un gran revuelo entre unos espectadores y aficionados acostumbrados a la polifonía medieval llena de artificios pero en la que el mensaje era casi incomprensible. No podían imaginarse que estaban ante la representación de la considerada primera ópera de la historia.

Buena parte del público que acudió al estreno de La Consagración de la Primavera, en París, en el año 1913, calificó tanto la partitura de Stavinsky como la coreografía de Nijinsky de “atentado contra el arte”.

Con esto no quiero decir que todas las obras de hoy en día o que todas las obras que en su momento fueron contemporáneas sean grandiosas piezas incomprendidas. Existe un gran debate que plantea si la calidad de las obras firmadas por Haydn, Mozart o Beethoven puede compararse con la de compositores del siglo XX y XXI. En la actualidad existe música de muy buena y de no tan buena calidad. Pero esto sucedía exactamente igual en los tiempos de la escuela vienesa. Quizá por esto hay muchos compositores de aquella época que quedaron en el olvido aunque también haya otros que fueron injustamente olvidados.

Hace poco fui a escuchar una obra llamada Poema Sinfónico para 100 metrónomos, de G.Ligeti. Fue un espectáculo. Varios miembros de la orquesta pusieron en marcha todos los aparatos a la vez y el repiqueteo de una lluvia intensa, pero amable, inundó la sala. Fue una experiencia muy interesante. Algo nuevo, desconocido. Fue poco a poco debilitándose, y transcurrido un tiempo, como negándose a desaparecer, un único y abnegado metrónomo continuó un largo rato con su tarea, produciendo un sonido casi imperceptible. En ocasiones el mal entendido, el incomprendido estruendo puede descubrirnos un mundo nuevo, y emocionarnos con un contenido que nunca imaginamos en ese envoltorio.

Exploremos las disonancias y los extremos, acudamos a la armonía para unirnos y enriquecernos juntos y no despreciemos los silencios: escuchémoslos con atención.




Artículos relacionados