Una novata en la floresta

1. Intento regar a diario las plantas de Sergio pero he de confesar que no siempre lo consigo. De vez en cuando me asomo por la ventana, curiosa por la normalidad del escenario que tengo enfrente, y reparo en ellas pidiéndome nutriente. Ahí me maldigo, me preocupo e inmediatamente corro a la cocina para llenar con agua del grifo, temperatura ambiente, una gran jarra de cristal.

No obstante, hay días en los que ellas se plantan ante mí como un desasosiego. Nada más despertarme, poner un par de rebanadas de pan en la sartén, no dejar que hierva el agua para el té, pienso: “Mierda, las plantas”. 

Después me surge la invariable duda: “¿No las estaré ahogando con tanta agua?”. Ellas son cinco en total, cuatro están en el pollete de la ventana, que las protege del frío pero las deja en contacto con el sol; la quinta es más señorial, con un gran tronco incluido, que aguarda dentro del salón y sobrevive tan solo con unos rayos de luz que le caen de forma lateral. 

Desconozco sus nombres, sus familias, sus características; las miro, me fijo y obtengo diferencias aunque nada más allá de pequeños detalles, colores, formas, texturas. Una de ellas me parece de plástico pero no la ignoro en la ronda de regada. 

Y es aquí cuando me reivindico como una novata de la naturaleza. Apenas empecé a tomar conciencia del mundo vegetal en mi periplo brasileño, donde la floresta es un orgullo y donde ese orgullo es talado y erradicado diariamente con la complicidad del actual Gobierno.

En Brasil observaba lianas, flores extrañas, minúsculas y gigantes, floripondios, árboles desconocidos, nenúfares imposibles. Y de repente, al volver a las llanuras extremeñas, me descubrí interrogándome sobre mi conocimiento de los pinos, las encinas, las rosas y los galanes de noche, las cicas y los geranios. 


2.

Juan coleccionaba mariposas. De pequeños, su hijo Iván y yo éramos inseparables, pasaba en su casa la mitad de mi tiempo. En su despacho había decenas de cuadros, pequeñitos, rectangulares, con el espacio preciso para recoger a dos, quizá tres, mariposas abiertas de ala a ala, perfectas, singulares, majestuosas. 

Recuerdo las mariposas, las conversaciones entre Juan y mi padre, algo de Cuba, de un tal Fidel, de ir a Colombia a conocer la selva, quizá a Venezuela. Recuerdo haber visto crecer a un perro, un día de pesca y un libro gordo, muy gordo para mí entonces, con la portada llena de flores, la tapa hecha de verdes y amarillos. Entonces no sabía por qué ese libro estaba también en la librería de mi salón, pero mi padre, de vez en cuando, lo tomaba entre sus manos y lo abría por cualquier página dejando al azar hacer su trabajo. 

Por esas páginas aparecían las que para mí eran todas las flores del mundo, con todo tipo de detalles y explicaciones que poco me interesaban entonces. Tardé años en saber que ese libro con la portada llena de naturaleza, con la tapa verde y amarilla, era considerado por gente que se pasaba la vida entre el laboratorio y el campo, una especie de biblia de la botánica en la dehesa extremeña. 

Juan Devesa había escrito ese libro -Vegetación y flora de Extremadura- en 1995, cuando yo apenas contaba seis primaveras y él alguna más en la Universidad extremeña que años después dejaría atrás para volver a su Córdoba natal, desde donde responde a mis emails sobre dudas básicas al respecto de las flores. 

 

3. 

—Las flores son estructuras sexuales—, me explica Juan en un intento más científico que literario por allanarme las dudas: “Esto es, las que contienen los órganos reproductores de un grupo de plantas, el de las angiospermas o plantas con flor y fruto”. 

Las angiospermas “comprenden cerca de 270.000 especies, y poseen representación en todos los continentes y en la inmensa mayoría de los hábitats”, continúa con dotes de profesor para sentenciar que “la vida sobre la Tierra depende de estas plantas, y ellas, para sobrevivir, dependen de sus flores”.

Yo no tengo flor favorita, nunca fui una apasionada o una amante de los ramos y centros de flores. Nunca me gustaron para los regalos de cumpleaños o aniversario, ni para las convalecencias ni para decorar la Nochebuena. Quizá mi precoz alergia a las gramíneas, que con el tiempo fue disminuyendo, me alejara siquiera la posibilidad de entablar relación con las citadas “estructuras sexuales”. 

Pese a no crecer en una gran urbe, mi infancia pasó cerca del hormigón, del gris de una pista de fútbol. De los árboles y las plantas apenas recuerdo los maltratos a los que de niños les sometíamos, el agitar constante de un delgado y enclenque tronco, los indiscriminados tirones a las hierbas que aparecían en el trayecto de casa a la escuela. 

A esto alude Juan en uno de los emails intercambiados. —Poco reparo hay, la mayor parte de las veces, para mutilarlas o eliminarlas sin razón—, se queja amargamente pero continúa con el reclamo

—Tal vez porque aquellas no corren, ni se quejan, ni chillan ni sangran, algo que nos repele, y que preserva de igual trato a nuestros animales más inmediatos, mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces, y con este mismo orden, y dejando para los invertebrados y microorganismos el mismo desdén con que tratamos a aquellas, por las mismas razones y menor proximidad filogenética—, argumenta. 

 

4. 

En la escuela aprendí varias cosas, a pronunciar sol y nube en un inglés de cinta de audio, a identificar un objeto directo dentro de una oración, algunos nombres de ríos, la fotosíntesis. De entre las cosas que no recuerdo están las raíces cuadradas, por incapacidad propia, y una descripción que fuera más allá de raíz, tallo, hoja, flor y fruto.

—El desapego hacia las plantas o, dicho de otra manera, la mayor estima con que se aprecian los animales frente a las plantas, condiciona el propio aprendizaje sobre ellas en los niveles educativos más inferiores—, opina mi interlocutor al respecto. 

Juan reconoce que “las monerías o gruñidos de algún animal” llaman más la atención que la “apariencia simplona y resignada" de una planta, pero replica que “no es menos cierto también que unas piedras ensambladas regularmente nos hablan de una historia humana” y que entendemos dicha historia “cuando nos la saben contar”. 

Como alguien que habla con una profunda resignación, recuerda que “demasiadas veces” hay quien se refiere a las plantas como “hierbajos y otros calificativos”. 

—Quizá denota aquí, en nuestro país, en su mitad sur, el recuerdo a unos campos de sudor y esfuerzo que tanta pobreza destilaba a las familias que nada tenían, y que quieren olvidarse en trabajos que han provocado desarraigos de lo que realmente somos y de dónde venimos—, arguye.

 

5. 

Puede que la margarita sea una de mis flores favoritas porque de pequeña en el R-5 del abuelo Alberto, la abuela Tomasa me hacía fantasear una y otra vez con que aquellos campos floridos de blanco y amarillo no eran plantas, sino pan y mantequilla. 

Aún así, enfrascada en el pensamiento y la cuasi obligación de, por estar escribiendo sobre flores, tener una predilecta, no consigo encumbrar a una por encima de las otras, pese a las muchas referencias que incluso por cultura tenemos a nuestro alrededor. 

En un nuevo esfuerzo por sacar a su materia del laboratorio y colocarla en la mano del más común de los mortales, el botánico alude al protagonismo de éstas en fiestas y celebraciones de la primavera. 

—La mayoría de las plantas con flor que viven en nuestro territorio acoplan la época de formación de flores al momento del año más propicio, tanto por las condiciones de temperatura y acumulación de agua en el sustrato, como de abundancia de polinizadores—,  escribe. 

Así, “la primavera es la época más propicia para ello, cuando es posible observar las floraciones masivas de las distintas especies, que en un par de meses a lo sumo van completando sus períodos de floración”, continúa. 

Pese a ser la primavera el periodo del año más amable para el nacimiento de la flor, no faltan las especies que aprovechan para ellos los primeros meses otoñales, o incluso “la época coincidente con los rigores del verano”, me comenta Juan.

—La estacionalidad climática marca en toda la región mediterránea el ritmo de la vida silvestre—, zanja como quien sabe de la profundidad de la afirmación, sus consecuencias y el desconocimiento de las mismas por parte de un ciudadano medio.

 

6. 

Si bien no tengo una flor para denominarla favorita, sé que la encina es mi árbol. De este robusto ser vivo están formados mis recuerdos más verdes, de sus bellotas que tanto alimentan a los cerdos de los que los extremeños alardeamos sin control, y de aquellos que no hacen ascos a un fruto tan abundante como la nuez o la castaña pero menos agradecido para los paladares más exquisitos. 

“Extremadura, soledad llena de encinas sobre campos con veredas”, gritaba con un golpe de nudillo en la guitarra Pablo Guerrero en un abarrotado teatro Olympia allá por 1975. El encinar es sin duda mi paisaje más común, y el de tanta otra gente de la mitad sur peninsular. 

—No hay paisaje terrestre cuya fisionomía no esté determinada por un buen puñado de plantas con flor, y así reconocemos pinares, encinares, jarales y un sinfín de formaciones vegetales de carácter arbóreo, arbustivo o herbáceo cuyos elementos florísticos dominantes son plantas con flor—, enumera Juan.

Además, recuerda que “los cultivos a expensas de los cuales vivimos, y los pastos de los que se alimenta la cabaña ganadera responden también al mismo esquema” y rescata que “muchas plantas son fuente de principios de interés medicinal, de materias primas importantes, de colorantes, de drogas, etc”.

 

7. 

A juzgar por las palabras de Juan, el padre de mi mejor amigo de la infancia, el amigo de mi padre, el botánico reconocido, las flores viven bajo un yugo de desprecio por parte de la mayoría de los seres humanos, y por lo que veo también del mío. 

—Con estos antecedentes, no cabría esperar sino que el conocimiento de ellas y del valor que tienen para nosotros formara parte del conocimiento vulgar y extendido, pero nada más lejos de la realidad—, clama.

Cómo puedo comenzar una sección de flores para una nueva revista si ni siquiera puedo enunciar con seguridad diez o doce de ellas, una que me llame la atención por encima de las otras. Pero Juan me tranquiliza con una tesis que a mí más me recuerda al “mal de muchos, consuelo de tontos”. —La mayoría de la gente apenas es capaz de reconocer un par de docenas de especies y siempre en términos genéricos e interesados, haciendo referencia a alguna cualidad de sus frutos o de su vistosidad—, insiste y a mí me vale, me tranquilizo. 

Ya es seguro que yo, que con poca visión de juego pero mucha fe me ofrecí para inaugurar esta serie de vegetación mensual, aún no tengo un vasto conocimiento del mundo vegetal, de ese que aún habita en las rendijas de las avenidas de las grandes ciudades, de esos “matojos” que nos enriquecen el guiso. 

No obstante, el camino -de rosas y otras flores- ya ha sido emprendido. Puede que a partir de ahora llene mi balcón con geranios, haya algún cactus en el salón -para que mi descuido no le deje morir cada semana-, mi ventana esté habitada por girasoles y en mi mesilla se vean margaritas; y puede que algún día, de aquí a unos meses, vuelva a escribir sobre flores y que entonces sí, pueda presentaros a una de ellas como mi gran favorita. 

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