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Cerca siempre de críticas zonas de sombra, la naturaleza del tiempo se revela en los momentos de contemplación, de aburrimiento o de revelación cansada. Cuando no ocurre nada o, por el contrario, algo leve resuena en nosotros. O cuando lo que ocurre, poco más que nada, revela la belleza y el enigma de algo que se nos escapa en su modo de estar presente. Es esencial a la revelación temporal un retraso del pensamiento, un retraso que nadie mide, pues las apariencias y los acontecimientos necesitan tiempo. Lo sensible es difícil, necesita una distancia para depositarse, para que cuaje su índole peculiar, un tiempo que apenas se cuenta porque es parte de la vivencia. Pero el dictado de la rapidez en la industria cultural debe librarnos de ese riesgo elemental, de escuchar lo que dice el tiempo.
Hace ya días un veterano de la aviación española, antes del inesperado giro que tomó más tarde la catástrofe de Germanwings, sugería que los últimos accidentes aéreos obedecían con frecuencia a una misma tipología: la velocidad de crucero del aparato, el abandono del control manual de la aeronave a la implementación tecnológica, y un cambio brusco en las condiciones externas que hace imposible que los pilotos puedan ser capaces de recuperar el control de la aeronave. Este mismo experto reconocía también que la capacidad de control manual de la actual generación de pilotos es preocupantemente baja, fenómeno que nos resulta familiar.