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Nací en una familia de clase media a mediados de los años ochenta. Por entonces, mis padres no participaban de ningún acto religioso salvo los obligatorios por razones familiares o sociales. Estaban casados por la Iglesia y cuando llegué al mundo decidieron bautizarme, imagino que porque era lo que tocaba y por evitar un disgusto a las abuelas. Por lo tanto, puedo decir que fueron ellos quienes asumieron por mí la adscripción al club más antiguo del mundo; ejercieron por mí mi derecho a profesar un credo.