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Las imágenes de miles de vidas que tratan de llegar a Europa tras huir de la destrucción de Siria, provocada por el régimen de Al Assad y la barbarie del Daesh; así como de las secuelas, aún candentes, de las históricas “intervenciones” –valga este término como eufemismo de “invasiones”- militares en Afganistán e Irak, se han convertido en una de las secuencias habituales en nuestro día a día. Estampas que se graban en lo más profundo de las retinas, y en ocasiones –sólo en ocasiones- en lo más hondo del alma. En las portadas de periódicos y cabeceras de telediarios, vemos cómo jóvenes y familias enteras patean los caminos europeos dejando rastro en cada paso para guiar a los que están por llegar. Y es que hace falta allanar la senda, porque Europa no es capaz de aliviar la crueldad de la guerra, pero tampoco del hambre. Por eso, el reto de rehacer una vida se topa con las trabas del Viejo Continente: las fronteras.