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Llegué a la casa en la que vivo ahora hace trece años, y no fue hasta hace poco que me fijé en el terreno de al lado. Un día, mi madre me contó que les había pedido permiso a los vecinos para hacer un camino que pasase por ese terreno y llegase a casa. La respuesta fue positiva. A partir de ahí, como si de un agradecimiento o un intercambio se tratase, vi cómo mi madre empezaba a desbrozar y limpiar frecuentemente ese terreno, recuperando poco a poco los robles abducidos por las zarzas y los tojos. Fue entonces cuando descubrí que dicho terreno era comunal, es decir, que su uso y propiedad es de todos los vecinos de la parroquia. Y a partir de ese momento, fui consciente de que el terreno de al lado de mi casa es sólo un pequeño tesoro de los muchos que existen en el resto del Estado. Reliquias que hay que conocer, valorar, cuidar y trabajar: los terrenos comunales.
Sacerdote católico español, apoyó al bando republicano participando en el bando nacionalista vasco y a través de su labor como periodista (escribiendo en euskera) durante la Guerra Civil. Fue arrestado por ello y vivió bajo la amenaza del franquismo ante cualquier acercamiento por su parte a la cultura vasca. En 1941 llega destinado a Mondragón, en un clima personal y socialmente devastador: la destrucción tanto material como espiritual provocada por la guerra, dejaba un panorama de dolor, odio y división a lo largo de todo el territorio. Preocupado por la deriva que habían tomado tanto el capitalismo, al que califica de “individualismo disolvente”, como el comunismo, al que se refiere como “colectivismo degradante”, propone la autogestión y el cooperativismo como modelo para alcanzar el equilibrio entre personas y entorno. Volver a lo más esencial de la vida, aquello que nos define como personas y moldea nuestro ser: los valores humanistas (cristianos, diría él) de solidaridad, fraternidad, amor, etc.
Sus patas escarban la tierra, como si de un toro se tratase, pero con otra intención, con otro humor y de otra manera. Escarba selectivamente, apuntando con su pico allí donde caerá el siguiente arañazo. Primero con una pata y luego con la otra. Parece nerviosa, pero seguramente sea solo una percepción fruto de nuestro antropocentrismo. Va buscando algo que picar, fortaleciendo de paso sus muslos. Esos que tiempo después habrán llegado a la mesa de nuestras casas y serán objeto de las miradas de todos los comensales. –¿Alguna preferencia?– dirá mamá. Todos diremos que no, pero en el fondo todos ansiamos esos muslos.
Estoy desinformado. Soy un tipo que no sigue las noticias de actualidad ni sabe lo que ocurre en el mundo más allá de lo que escucha por la calle o en boca de su gente. Hace diez meses decidí no leer el periódico ni ver el telediario. “¿Y cómo te informas?” “¿Cómo sigue la actualidad un chico que ha estudiado Ciencias Políticas?”, me preguntan. La respuesta es que no me informo, y además me da igual. Es más, me siento más limpio, menos contaminado. La absoluta falta de certeza que me asaltaba sobre el nivel de veracidad cada vez que leía o escuchaba una noticia, me ha llevado a concluir que prefiero reposar en la “ignorancia”.
Leo el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Mancuso, S., Viola, A. Colección Rústica, 2015), cuyo hilo argumental se basa en el menosprecio histórico por parte del ser humano hacia el mundo vegetal. Leo una definición del concepto de evolución que me hace pensar: “proceso lento y continuado de adaptación al entorno durante el cual los organismos vivos seleccionan las características más aptas para su supervivencia. Durante este proceso, cada especie adquiere o pierde caracteres y capacidades en función del hábitat en el que vive”. Y pienso: ¿qué capacidades estaremos perdiendo los humanos occidentales para ir adaptándonos al mundo actual? ¿Es posible que estemos perdiendo la capacidad de auto contemplación, la capacidad de estar en silencio y la capacidad de parar y estar solos? ¿O son hechos voluntarios?

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