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Fue tan loco y tan maldito, que no le valió la pena escribir sin descanso multitud de poemas, algunos rebosantes de plenitud, de visiones, de sombras y luz. Tampoco le sirvió de mucho beber hasta alcanzar lo indecible, dedicarle un poemario a la heroína, maldecir, provocar con verdades más lúcidas que las de los cuerdos o pasarse la vida en manicomios y escapando de ellos. Leopoldo María Panero, hijo del poeta falangista Leopoldo Panero y de una mujer asombrosa que quedó a la sombra de su marido, Felicidad Blanc, tuvo el alma rota desde siempre. Muchos le querían, pero de forma hipócrita, en la lejanía, en el temor, en el hartazgo. “No tenía a nadie”, dijo al poco de su muerte, en marzo del año pasado, el editor Antonio Huerga en una frase que resumía la soledad del difunto.
El francés Marcel Prévost dijo que “el hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma”. Sin embargo, para ser sinceros, este encuentro con un conjunto de páginas bien escritas y encuadernadas que nos haga ver a todas luces y dialogar con nosotros, con un autor, o con nuestros antepasados, es cada día más complicado. Habitamos en el eterno bucle del desenfreno, del estrés laboral, del ruido, de la rapidez e inmediatez, y estamos rodeados de pantallas que nos trasladan a otros mundos sin esfuerzo y, si queremos, hasta sin ninguna reflexión de por medio. Conseguir un momento para agarrar un libro y disfrutarlo, si se tiene la capacidad, es tan irrealizable que constituye todo un acto heroico en sí y casi un acontecimiento revolucionario.
Le preocupa, dice y se ríe, irse por las ramas, por esa manía suya de acabar relacionando “que uno plante una cebolla en su casa y que toque la guitarra, con la Unión Soviética”. La conversación es un viaje por muchos lugares y él, mientras tanto, no se casa con nadie. Como el Bob Dylan que retrató Martin Scorsese, Pablo rechaza ser el profeta de otros y, aunque se muestra simpatizante de Podemos, le molestó que su cara apareciera como imagen de la campaña del partido en Asturias sin su consentimiento. El episodio recuerda a su demanda contra La Sexta (Atresmedia) por utilizar su canción A veces la vida es hermosa para promocionar una serie sin preguntarle; cosa que le hizo enrolarse en una disputa con la SGAE por los derechos de los autores.