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Mi pasión por las etimologías está ligada a mi pasión por las palabras y, más en concreto, al apasionado deseo de saber lo que significan las palabras, de descubrir sus secretos y, también, de jugar con sus fondos misteriosos. Pero, ¿qué significa la palabra «palabra»? ¿De dónde viene? Viene de parábola, que en griego significa «comparación», «semejanza»: esas semejanzas mediante las cuales lanzamos al lado de una cosa otra cosa para así completar la significación de la primera. Así como «palabra» viene de parábola, «hablar» viene de fabulare, palabra latina que de significar «hablar, charlar» pasó a significar «contar un cuento, una fábula». Pues bien, eso es la etimología: el cuento instructivo o fábula que tienen en el fondo de sus anchurosos armarios las palabras que empleamos cuando hablamos. Es un cuento que, por otro lado, sirve para camuflar una verdad, pues, como es bien sabido, en griego etymos (de donde «etimo»-logía) significa «verdadero, real». Con los flotadores de la parábola y la fábula lo que hacemos, en definitiva, es desembocar en el infinito mar de la «metáfora», matriz del lenguaje, pues ¿qué es la metáfora sino una pequeña fábula? ¿Y no hay en el origen de toda palabra una metáfora?