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Al caracol más accesible se tarda como ocho horas en llegar. Tienes que tomar un autobús, después esperar como una hora para tomar otro, una furgoneta y que alguien se pare a llevarte por el camino de tierra último. Ahí, ya en el caracol, les cuentas qué quieres hacer y ellos deciden si te dejan quedarte. Es cierto. A unos de los caracoles –los puntos autónomos y liberados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional-EZLN— más accesibles en 2011 para un extranjero sin carta de presentación se tardaba unas ocho horas en llegar, tras tomar dos autobuses, una furgoneta y hacer auto stop por una vereda de tierra seca. Era uno de los más cercanos a San Cristóbal de las Casas, puerta de entrada a un entorno mágico por su naturaleza y por su coraje.
Van Gogh pintaba girasoles, a Monet le fascinaban los estanques plagados de nenúfares, Picasso dibujaba irreverentes rebeldías y al Greco se le recuerda por el retrato de un caballero con una mano en el pecho. Ellas, sin embargo, pintan el horror dentro de un juzgado. No son ni serán –presumiblemente- famosas, sus bocetos no serán estudiados en las escuelas de bellas artes en el siglo XXIII pero sus manos, obedientes instrumentos de sus ojos y de su estómago, retratan desde hace ocho años el sufrimiento de las víctimas y la soberbia de los genocidas durante los juicios de los crímenes de lesa humanidad ocurridos en la última dictadura argentina (1975-1983).
No sin la soledad. Del uno. Del que no ha de necesitar un +1, ni un 2 en su presentación en sociedad. No sin el amor propio, sin el grito contra las naranjas completas. No a la prohibición de ser media hoy, mañana y hasta cuando una quiera. No sin nuestras abuelas, sin nuestros espejos, nuestro punto de soberbia y autoconfianza, sin nuestro orgullo, ni nuestra rabia, reivindicativa de la independencia y la autogestión. No a los pelos ajenos en el baño, a los dos cepillos de dientes en el vaso de duralex, a compartir gel y champú. Ni dos tipos de pan, ni pelear por la marca de los yogures. No sin Darío, que, benevolente, nos avisa de que “primero está la soledad” y que ésta, inquilina de “las entrañas” y “el centro del alma”, es “la esencia, el dato básico, la única certeza”. No sin Jaramillo que, insistente, nos ve tropezar en la misma piedra que ayer, que mañana, pero aún así terco y convencido resiste: “Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario”.
Hemos de sentarnos. En compañía mejor que de manera individual. Sin pantallas de por medio. Sin sacar las manos de los bolsillos. Ni el móvil de la mochila, el bolso, la riñonera, el cerebro. Hemos de sentarnos. En las calles, en los bancos de dos, de tres, de reposabrazos como asiento para el cuarto de la pandilla. Hemos de compartir banco con el vecino de Vallehermoso 37, Santiago, que día tras día, tarde a tarde, se sienta, junto a sus 82 años, a ver pasar a la gente.
Son las 20h de una escalera pública, en una plaza pública, que contiene muchos skaters, varios amantes, algunos amigos de la cerveza, una docena de microteatros y una escuela, pública como la plaza, como la escalera. El primer tramo de dicha escalera se levanta con miedo. Manos nerviosas pero acostumbradas empiezan a recoger los bolsos y las mochilas de los peldaños. Tampoco olvidan la bebida ni los cacahuetes, saben que será rápido y de aquí a unos minutos volverán a estar sentados, charlando como si nada ni nadie hubiera pasado.

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