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Se dan bien en las Rías Bajas, porque un clima húmedo y sin heladas, y la acidez de la tierra, agradan a esta planta. Tampoco son amigas de entornos muy soleados, y crecen mejor en alternancias de sol y sombra. Allí florecen ya, durante todo el verano, en brotes de varias flores enormes, de colores que van del azul oscuro al tenue, o un rosa vinoso cuando la tierra es pobre en hierro. En casa de mis padres, cerca de una playa de nombre dorado, cubren un largo muro orientado al este y otro contiguo al sur. Las plantaron ellos al llegar; mi madre dice que “sólo hay que espichar los esquejes en la tierra” y crecen solas.