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En Julio comemos cerezas. Un prado de cerezos. A sus pies, una mullida alfombra de flores vivas, aunque muertas ya. Se han dejado mecer por el viento y se han desprendido de sus ramas verdes. Han preferido morir ahora que están en la cumbre de su belleza; en el apogeo de su sabiduría. Son delicadas aunque se muestran fuertes en su determinación. Su esencia quedará para siempre. Los samurais tenían en la flor del cerezo su estandarte. Al igual que las flores, se daban muerte en su momento de máximo esplendor. No se dejaban morder por la vida, no aceptaban su cruel destino, su decrepitud.