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Es temporada alta en un veraniego pueblo costero de Estados Unidos. La playa está abarrotada de bañistas que chapotean alegremente en el agua y niños gritones que se lanzan pelotas de colores cuando, de repente: chan-chan, chan-chan, chan-chan... La terrorífica aleta de Tiburón (Steven Spielberg, 1975) zigzaguea hacia la orilla y no precisamente para tomar el sol en la arena. Se trata no solo de la llegada del indeseable escualo que amenazaba con hincar el diente a los turistas de la zona, sino -en términos dramatúrgicos- del arranque del conflicto. El conflicto (o el drama, el problema) rompe la situación de equilibrio inicial del mismo modo en que un estruendo quiebra la armonía. Es en este momento cuando sentimos que una película empieza. A partir de ahí, el protagonista se enfrentará a un proceso, generalmente doloroso, por el que se transforma en un héroe capaz de encarar al antagonista en la lucha final (el clímax) donde descubrimos si logrará o no su objetivo.