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Cualquier persona con cierta sensibilidad estética se habrá percatado de que ahí afuera existe un mundo, y que ese mundo es bello y es digno de ser contemplado. Es bastante probable que la contemplación sólo sea un estadio inicial y que, tras el primer asombro, uno se sienta llamado a aprehenderlo, explorar sus misterios o compartirlos. Necesita, para ello, acudir a un lenguaje. En este momento, una certeza empaña su empeño. Ilya Prigogine, nobel belga, advierte: “El mundo es más rico de lo que ningún lenguaje es capaz de expresar”. El abismo que es el mundo no va a ser fácil de domeñar.