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Una foto. La abuela. Sentada en su sofá. ¿Qué habrá sido de ese sofá? ¿Y de esa casa? No comprendo. ¿Qué le pasa? Qué expresión tan extraña, en la cara. Lejana. De otro tiempo. Pero cálida y atrayente. Me atrae. No puedo evitarlo. Protección. Seguridad. ¿Cuándo un humano se encuentra seguro? Satisfacción, la suya. La mía no. No la conozco. Miro a la abuela y la recuerdo, pero no la reconozco.
Semen. Desciende en la pantalla de un Macintosh, Madrid. Se fueron los dos al mismo tiempo. Orgasmo simultáneo, pixelado. Y un pesado mar de dudas. El arrepentimiento olfatea desde la puerta, no sabe si entrar o darse media vuelta, como un paso de Semana Santa. Al otro lado de la pantalla, un joven desgarbado limpia su pantalla de un Macintosh, Brooklyn, NYC. El semen de Brooklyn se cuela en Madrid. El joven desgarbado sonríe a la cámara con complicidad. Se marcan, los músculos, se intuyen. Detrás de él, una ventana deja entrever algo parecido a Manhattan. Los calzoncillos del joven acarician la pantalla, roban el semen.
Como si dejara de llover, después de veinte años. Silencio, qué presencia arrojas. Qué apostura. Silencio. Eterno. Sutil. Como si supieras cómo hacerlo, tu momento. Protagonista. Sólo tú, silencio, solo. ¿Cuál es el volumen del silencio? Porque cuando entra, parece que se derriten las paredes, desaparecen. Porque tras ellas, una brisa de sol blanca ilumina. El silencio, a veces, brilla. Deslumbra los ojos que lo miran, que no quieren mirarlo. ¿Has mirado alguna vez el silencio? ¡Míralo! Brilla. Como un deseo. Como ojos humanos, todavía. Cuando el corazón deja de latir, las máquinas se desenchufan. El corazón para, de temblar, de moverse, y se acurruca en un pesebre de vísceras y recuerdos. Duerme el corazón, y los pulmones encharcados, se vuelven fríos. Como el neón, brilla. Y el agua deja de subir y de bajar. El constante burbujeo se aleja. Y las máquinas se desenchufan. Y las manos cambian de color, y los brazos cambian de color. Y el corazón, acurrucado, sonríe, se expande, adiós.