Un viaje en el tiempo desde Ibiza hasta la Ulloa (Lugo)

Introducción. Ibiza-Ulloa

Por José Luis Gallero

Dos islas. Una, en el archipiélago balear. Otra, en el corazón de Galicia. No muy dispares en superficie: 570 y 420 kilómetros cuadrados, respectivamente. Una, soleada, bañada por las olas, cubierta de pinos, almendros, algarrobos. Otra, lluviosa, surcada por el Ulla, tapizada de robles, castaños, pinos. En ambas, conocí, con un intervalo de tres décadas, dos grupos humanos íntimamente afines, partícipes de un mismo espíritu de fraternidad. Stendhal lo habría llamado Escuela de Enseñanza Mutua; Thoreau, Sociedad para la Difusión de la Ignorancia Útil; Santayana, Escuela Infantil para Adultos; Max Jacob, Escuela de Vida Interior; Antonio Machado, Escuela Popular de Sabiduría Superior...

Ibiza, 1979. Un mediodía de comienzos de verano crucé el umbral de uno de esos restaurantes cercanos al puerto, en cuyas amplias mesas comparten menú los comensales. La cristalina tonalidad de una voz me hizo aguzar el oído. Hablaba un castellano límpido, inusual en un territorio más frecuentado por catalanes, valencianos y vascos que por gente de la Meseta. El propietario de la voz se llamaba Baltasar y había nacido en Salamanca. En el momento de despedirnos, ya éramos amigos. Trabajaba en la Galería Carl van der Voort, fundada en 1966 por el coleccionista norteamericano. Poco a poco, me introdujo en un círculo entrañable.

Mariano y Luis vivían en Can Tirurit, cerca de Sant Llorenç; el primero, era un artista de la cocina y la jardinería; el segundo, la persona más erudita y estudiosa de la isla. Lola tenía su cuartel general junto a las murallas de Ibiza. Se dedicaba a reformar casas payesas, y abrió más tarde un restaurante en el que trabajé como pinche. En una ocasión, me salí de la carretera con su Land Rover. Para compensar, encontré en la arena un anillo que había perdido días atrás en la playa de Ses Salines. Aquello me dio la idea para una exposición confidencial que organicé en 1981: Objetos hallados en las playas. Al otro extremo de la isla, en uno de los parajes más recónditos de Sant Joan, residía Xonia, una pintora peruana que había dejado de pintar. Era la más eléctrica del grupo. «El agua parece mazamorra», exclamaba cuando nos sumergíamos al atardecer en la líquida densidad de las calas. Joaquín era un saxofonista extraordinario. Se ganaba la vida como guardés de una mansión prodigiosa al borde de los acantilados de Cap Roig, frente al islote de Tagomago. En aquel confín del mundo, celebramos algunas reuniones memorables. Se enamoró de Ana, una joven ibizenca. Cantaban a dúo una canción napolitana, cuyo recuerdo sigue poniéndome la piel de gallina. En los alrededores de Sant Llorenç acabaron también por echar raíces Bin y Piti, una pareja enamorada del jazz que tenía en la madrileña calle de Huertas un pub que acabaron traspasando. A cambio de techo y comida, les ayudé a construir su casa, picando piedra y manejando la hormigonera. 

Diestro masajista, Baltasar conocía además los nombres de todas las plantas aromáticas y era amigo de todos los artistas de la isla. Hierbaluisa, salvia, tomillo, manzanilla... Preparaba las tisanas más exquisitas que jamás he probado. Gracias a él, trabajé en el Museo de Arte Contemporáneo y descubrí a los pintores de Ibiza, empezando por el inolvidable Eduard Micus, padre de Stephan, el músico cuyos discos me acompañaron durante años a todas partes. Balta parecía estar conectado con la energía de la naturaleza, con la respiración del universo. Su risa, su confianza, sus abrazos, sus regalos, su arte de vivir encarnaban la quintaesencia de la amistad. Bendijo al grupo con su excelencia. Nuestros corazones rebosaban de nobles sentimientos, y las estrellas brillaban sobre el sueño colectivo como ventanas iluminadas en la vastedad de la noche...

Al iniciarse el siglo XXI, comencé a visitar la comarca lucense de Ulloa, tierra de peregrinos y encrucijadas. Elena, la carpintera, y su hijo Adrián se albergaron primero en una vivienda de la aldea de Vilance, próxima a Monterroso, antes de trasladarse a la definitiva de Outeiro Pequeno, contigua a Palas de Rei. Alrededor de aquella centenaria casa, fue forjándose un microcosmos intergeneracional y cosmopolita. Braulio, pionero del ecologismo y la contracultura, hostelero intermitente; Cristina, empresaria maderera, ornitóloga, versada en petroglifos, quien un día nos presentó a Pepa, una restauradora ibicenca; Tania, terapeuta noruega capaz de recomponer los esqueletos más maltrechos; Jorge, sabio botánico, excursionista incansable, casi tan dulce, paciente y callado como Laura, llegada desde el extremo sur americano para reunirse con Regina, la mente de mayor voltaje de aquella risueña y generosa comunidad, en cuya compañía la vida cotidiana cobraba la apariencia de un sueño y el paraíso dejaba de ser un lugar irreal. «Hasta el momento —afirma Lewis Thomas, premio Nobel de Química 1981— solo hemos aprendido a sernos útiles cuando nos reunimos en grupos pequeños». 

Como en el caso de Ibiza, la perenne y envolvente presencia del paisaje, la belleza de los horizontes, el silencio de los caminos, el renovado misterio de las estaciones, actuaba como fuerza protectora. Durante la enfermedad de Elena, una corriente afectiva tan intensa como solo la sombra de la muerte puede desatar, circulaba en cada encuentro, se transmitía en cada abrazo. La vieja morada de piedra se llenaba de ofrendas: huevos, patatas, remolachas, calabazas, nueces, uvas, hierbas medicinales... «Me siento como una reina», se reía la anfitriona entre ataques de tos. A lo largo de aquellos meses, no dejó de brillar junto al umbral de la casa una rosa encendida. Cuando una mano desconocida la truncó, Elena se convirtió primero en gaviota y luego en abedul. Un abedul de Ulloa.

 

Maquila, por favor

Por Patricia Coucheiro 

El grano, como las personas, puede viajar miles y miles de quilómetros. Hay una clara diferencia: a veces, las personas saben a dónde quieren ir.

No dejo de observar detenidamente la imagen que acabo de descubrir. Quizás sea mi ansia de poesía, pero vislumbro cierta composición armónica que me invita a descubrir el microcosmos del Molino del Castro. Son Laura y Natalia, dos muiñeiras (1). Cuántas coplas nos hablan a los gallegos de cuentos de molinos, de historias unas veces morbosas, y otras esperpénticas. El muiñeiro viejo verde, personaje de leyendas. Sin embargo, el relato que ahora ellas dibujan parece hablar de algo muy distinto: huele a Tierra, a Pueblo, a raíces y a harina. ¿Viajamos?

Los molinos son en Galicia uno de los lugares más representativos para las nuevas generaciones de la cultura de nuestros mayores. No hablan de esa parte de la historia que aparece esbozada en los libros en función de intereses particulares, sino de esa otra que aún es capaz de mezclarse con nuestro presente y que peleamos por entender en qué punto de nuestro cuerpo se sitúa: ¿en los pies que nos sostienen? ¿En los ojos con los que vemos y nos movemos por el mundo? ¿En la lengua en la que hablamos y con la que besamos a quien nos quiere? 

Algo así debió de sentir Laura cuando me habla de la sensación que tuvo en el momento en el que vio funcionando este molino del Castro. “Sentí que, por fin, alcanzaba a comprender algo muy propio de Galicia”. Yo la entendí; vaya si la entendí. “Tienes que venir un día, sentarte aquí y escuchar el molino, el agua”. Laura acaricia la piedra, aún con harina. La luz entra por una ventana y dibuja luces y sombras en la madera, en la piedra, en el polvo, en las herramientas de trabajo y en la piel de las muiñeiras.

Casualidades, esa es la palabra que resuena. “Un buen día –cuenta Natalia– decidí volver a poner a funcionar el horno de casa”.

“Muiñeira, forno sen fariña. Mala cousa. Diso nada rapariga, fariña haberá.(2)”

Casualidad que mi abuelo hubiese comprado los últimos derechos de este molino que en otros tiempos era de todos los vecinos. Casualidad que mi padre dejara de trabajarlo y que yo ahora necesite moler en él para obtener harina;

para cocer un boliño;

para saber si el horno de casa puede seguir cociendo;

para nosotras vivir.

Laura regresó a Galicia después de un largo viaje y se encontró a Natalia, como dice el cuento, con las manos en la masa. Había dos opciones: limpiárselas, o seguir amasando. Y el resto ya os lo imagináis. Y aquí termina la parte poética del asunto. Aunque, pensándolo bien, todo lleva su ritmo, un compás de piedra y agua que el molino marca. 

Este último año, las muiñeiras han comenzado a establecer relaciones con otras personas que, unas veces de la Tierra y otras muchas de fuera, decidieron volver. Volver y recuperar. Aldeas rehabilitadas, plantaciones ecológicas… Ese tejido que todos sabemos, existe. Es extraña la sensación que como gallegos sentimos con respecto a ello. Considero que hay algo muy arraigado en mi pueblo que a veces sólo emerge si alguien que no lo lleva ya, podríamos decir, mezclado en la sangre, lo hace brotar. En ese momento, parece que sentimos una especie de emoción intensa: frustración, auto-odio, extrañeza, reconocimiento, proyecciones… emociones en su conjunto contradictorias que en la mayor parte de los casos rechazamos, pero las cuales si nos paramos a pensar nos pueden llevar a la siguiente reflexión.

La idiosincrasia gallega trabaja mucho desde los microcosmos. No es una afirmación que deba extrañar. El capitalismo efectivamente hizo cambiar las estructuras, en primer lugar económicas, pero también sociológicas, de manera muy profunda. Y en ese sentido, todos los pueblos pasaron de microcosmos a un macrocosmos impuesto desde arriba que repercutió profundamente en la organización social. Pero quizás aquí en nuestra Tierra lo vivamos de manera especial. Laura y Natalia lo definían así: “aquí la señora llevaba el queso al comercio y la gente que se lo compraba no se planteaba nada más que si estaba bueno o no, no qué etiqueta llevaba”.

El 30 de septiembre del año pasado se aprobaba en Galicia un decreto que regulaba la venta directa de productos del campo en ferias, decreto hoy en día en vigor. Obliga a los campesinos a inscribirse en el Rexistro de Explotacións Agrarias de Galicia (Reaga) y facilitar ciertos datos, así como a pasar una serie de inspecciones. Más allá de en qué medida está repercutiendo sobre la economía de los campesinos, planteémonos de qué forma afecta directa o indirectamente a nuestra manera de relacionarnos, tanto entre nosotros como con la Tierra. ¿Es positivo legislar sobre un tipo de economía que carece de referencias para establecerse como tal, o esto más bien supone un atranco para un tipo de expresión y vivencia popular que se relaciona con el ritmo de vida, los roles, las expectativas vitales…?

Marx hablaba de “trabajo bueno” y “trabajo malo”. Entendía el “trabajo bueno” como aquél que, decía él, enriquece el ser de la persona. Quizás este no sea el momento para analizar en profundidad todas las implicaciones que esto plantea, pero sí nos puede hacer recordar que el trabajo, ese que Marx denomina “bueno”, es una manera de expresarse por parte de la persona que, hoy en día conviene tenerlo especialmente presente, no tiene por qué menguar el ser. Todo lo contrario: lo reafirma, le aporta placer, reconocimiento en el objeto producido (pregúntesele si no a un artesano), dirá el filósofo.

Todo esto nos conduce a lo siguiente: hay un ritmo que parece autoimponérsenos. Un ritmo con el que quizás no estemos excesivamente de acuerdo y el cual nuestro cuerpo incluso rechace. Algo así deben sentir las personas como Laura y Natalia que me invitan a escuchar el sonido de la muela . De algo así debían disfrutar el viejo verde muiñeiro y la señora que vendía quesos. Muchos colectivos a nivel autonómico parecen darse cuenta de esta necesidad imperiosa: “o rural quere xente”, “Proxecto Integral Compostela”, ventas directas en mercados alternativos… Y no deja de ser relevante que todo esto tope con conceptos como “educación alternativa”, “heteropatriarcado”, “montes comunales”, “decrecimiento”, “moneda social”… ¿El eros? ¿La memoria histórica? ¿La Tierra? ¿La tribu? ¿El Pueblo?

El molino sabe. Las muiñeiras terminan su trabajo y se quedan con la maquila (3), un porcentaje de la harina molida que les corresponde. Da igual no manejar el concepto de moneda social. El vecino trajo su grano y ahora se lleva el futuro pan a cuestas. Mientras, miles de granos viajan desde Rusia a España y luego desde España a… ¿Qué más da? ¿Tú a dónde vas? ¿De dónde vienes? ¿A dónde vuelves?

 

Notas

(1) Se mantiene el término muiñeira a lo largo del texto, cuyo significado es molinera. No confundir con la danza popular gallega.

(2) “Molinera, horno sin harina. Mala cosa. De eso nada chiquilla, harina habrá”.

(3) Sistema de cobro en especie por el que el dueño del molino se quedaba un porcentaje de la harina obtenida en la molienda. En este caso, Laura y Natalia a veces cobran en especie y otras, las más, en metálico.

 

Todo se acaba. Como cabras

Por Adrián Gallero Moreiras

“P.D. Te escribo desde Ibiza, desde la montaña, alejados del jaleo. He conocido al único pastor de cabras que queda en la isla. Se ha retirado a vivir en el campo ibicenco con sus cabras. Me decía que 'hay que renunciar a esos grandes sueños de cambiar el mundo de golpe y centrarse en las personas'. Este es el recordatorio del día”.

Así terminaba el mensaje que envié a una amiga nada más conocer, en el verano de 2014, a Sergio, el pastor con el que ahora charlo para esta entrevista.

“Se me están quemando los calcetines, pero te prometo que no me pienso mover, ya se pueden quemar”. Así, con los pies al fuego, está colocado mientras habla conmigo por teléfono. Se ha metido una caminata de 35 kilómetros. “Hoy sí que sí, hoy he disfrutado”. Precisamente alrededor del fuego le contaba su abuelo las historias por las que en 1997, con 17 años, este pastor oscense decidió irse a Ibiza. Su abuelo que había sido tratante de ganado y en varias ocasiones había ido en barco a Ibiza para vender, se lo aconsejaba. “Una manera más de ganarse la vida”, dice. “Él también se dio cuenta de que era importante abrir la mente un poco y viajar. Hay un proverbio árabe que dice si aconsejas a un ignorante, se convertirá en tu enemigo. Pues bien, él ni quiso tener enemigos ni tampoco ser un ignorante. Y a mí me inculcó lo mismo”.

Así que se fue a Ibiza, y con el tiempo decidió continuar el oficio familiar de cabrero. Volver de lleno a sus orígenes. Presenta a las cabras como la forma más eficiente de prevención de incendios así como la única forma de preservar esta profesión tradicional, que ha desaparecido de la isla, y de defender la cabra autóctona balear.

  

¿Cómo es el origen de la tradición de cabreros en la familia? ¿Cómo viviste tú de pequeño aquella realidad?

Ya mi bisabuelo lo hacía. Se le quebró la vida cuando llegaron los nacionales y fusilaron a sus nueve hijos en la puerta de casa. Al pequeño, como no medía la altura de la rueda de un carro, no le fusilaron y le dejaron junto a mi bisabuela. Él, que es mi abuelo, creció y fue llevado a Brasil como vaquero. Más tarde volvió a España, al pueblo, y en el valle de Chistau comenzó con las cabras, que era lo que había hecho su padre. Vivía del estraperlo, de ayudar a los maquis a cruzar el pirineo. Todo ello sin entrar la familia en política, porque siempre creímos que eran malos tanto los unos como los otros. Se sufrió mucho porque la gente llegaba con hambre, y los pastores eran el primer objetivo al que asaltar; se les quitaban todas las cabezas. Así que el pastor se convirtió en alguien que huía tanto de unos como de otros, porque por las buenas o por las malas, le quitaron todo lo que tenía. 

Yo, de pequeño, viví todo esto como creo que se pueden vivir ya pocas cosas hoy en día. Me crié de una manera instintiva, no racional, y eso es porque lo quiso así el abuelo, y también mi padre. No se trata de educar a una persona bajo el pretexto de religión alguna, cómo decirte yo… Aunque mi madre no estaba muy de acuerdo, pero… Todos los hermanos hemos salido más instintivos que racionales, y eso ha influido también en nuestras vidas: somos poco constantes, poco ambiciosos, poco responsables; y hoy en día eso se paga. Pero yo soy muy feliz de haberme criado en libertad. Un ejemplo: mi abuelo me puso de mamporrero un mes cuando le pregunté que cómo se juntaban un hombre y una mujer; me puso a hacer parir a una vaca cuándo le pregunté que cómo tenían las mujeres a los niños. Es decir, nunca diferenciando entre la racionalidad del ser humano y el instinto puro animal. Me decía “si piensas como un perro, vivirás feliz”, vivirás el ahora, olerás, mirarás. Pero si la racionalidad te lleva…pues siempre pensando; siempre pensando; siempre pensando… y al final la pena te abarca, y eso no es bueno.

 

¿Qué recuerdos guardas de tu infancia?

Recuerdo a mi madre sonriendo, junto a mi abuela. ¡Eran tantos en la familia…! Treinta o cuarenta familiares siempre todos juntos, al fuego. Por fiestas, por cumpleaños, por navidades... Todos ya mayores, recuerdo, pero era bonito. Y aún es bonito recordar hoy esos momentos en los que todos se juntaban al fuego con instrumentos, a jugar, a cantar. Siempre felices… Pero mira cómo cambia todo: llevo seis navidades pasándolas solo. Unos días pescando, otros días durmiendo para al día siguiente cazar. Los mayores ya murieron; los medianos perdieron valores; quedamos aquellos que todavía nos manchamos las manos de barro y no criticamos a los demás por no hacerlo. Eso es difícil de llevar. 

 

¿En qué momento se te ocurre continuar la profesión familiar?

Dicho así, no se me ocurrió nunca, porque es algo que si lo mamas lo llevas en la sangre. Es sacrificar tu vida por algo que supone respetar aquello que hicieron tus mayores. Se trata de mantener algo que ya no existe. Todo se acaba.

Creé la empresa con lo poco que gané de la venta de mi casa y un crédito. No funcionó porque los ayuntamientos dejaron de pagar y yo empecé a fallar con el pago de las letras de autónomo. El banco fue superior a mí. Acabé debiendo mucho dinero. Ahí me di cuenta de que no, de que yo fui criado de manera instintiva, y no racional. No entiendo por qué estoy luchando y no se me ayuda, por qué al menos no se me aconseja sobre qué cosas hacer y qué otras no. Pues no, todo el mundo te decía "tienes que hacer este trámite, y este otro y este otro, porque si no no estarás en regla". "¿Y por qué tengo que estar en regla?", pensaba yo. ¿Por qué no puedo sacar trienta animales al campo, hacer queso y venderlo? ¿Por qué tengo que estar pendiente de lo que opinan los de arriba, cuando ni siquiera saben lo que es el cuajo para cuajar la leche y hacer un queso? No entiendo la manera en la que la sociedad  funciona. No entiendo el poco valor que queda. No entiendo... No entiendo una mierda.

 

¿En qué consiste vuestro proyecto?

Se trata de hacer lo que se ha hecho toda la vida: llevar el ganado de una forma extensiva pero controlada, mediante perros, para que desbrocen el monte, algo que se está dejando de hacer. Históricamente hemos mantenido el Mediterráneo  adecuado a nuestra forma de vida, pero cuando llegó el "boom" a la costa, se perdió la costumbre del campo y del monte mediterráneo, que se han abandonado por completo.

Ahora mismo, deforestar una hectárea en Ibiza de manera mecánica –que es como se hace en la actualidad– cuesta 12.000 euros. Con las cabras cuesta 2.000 euros. No se trata de quitar las máquinas ni a los forestales, sino de hacer un mantenimiento. Normalmente se hacen franjas de protección contra incendios en momentos puntuales, y al cabo de cinco años se vuelven a realizar las mismas franjas. Es decir, no hay un mantenimiento por medio. Lo que estamos proponiendo, en su lugar, es que al cabo de un año de la realización de las franjas contra incendios, se meta a las cabras para realizar el mantenimiento. De esta manera, además, se abona la zona, se cuida el microclima y se le da de comer a las cabras, lo que hace posible mantener una raza pura como esta. Más aún, esta cadena permitiría intentar hacer un queso con denominación de origen, lo que ahora es imposible debido a las mafias internas de la isla. Es decir, lo que estamos intentando hacer es lo que hace cualquier pastor en cualquier lugar de España. Pero aquí en Ibiza esto es imposible.

 

Cuéntame sobre la parte educativa de vuestro proyecto.

El proyecto trata de educar a la gente. Crear una escuela de pastores para que los hijos de campesinos y payeses puedan tener en sus fincas cabras en pureza; para que con el queso de esa cabra en pureza se consiga la denominación de origen y que finalmente así se pueda sacar al mercado un queso que permita mantener la raza que estamos intentando mantener. Luego, además, podría haber alrededor un mercado cárnico, sistema de piel de cuero de cabra ibicenca, artesanos del cuero… Todo tiene un mercado, pero aquí nada se explota porque entra el dinero por otro lado, así que la cabra va camino de la extinción. Además, la mente autóctona es muy cerrada. No puedes abrir la boca más de lo debido. Esto no deja de ser un pueblo.

 

Cristóbal Serra, poeta mallorquín, define a la cabra como “el animal más inquietante que tiene la naturaleza, porque siempre está a un tris de la desesperación suicida”. ¿Cómo son las cabras?

Las cabras son instinto puro. Un animal que está por todo el mundo, igual que el gato. Son las dos únicas razas que existen en todo el mundo, tanto en desiertos como en lugares húmedos. Se alimentan de cualquier cosa. Son duras, son recias, pero a lo mejor viene un constipado y se las lleva. Caprichosas, curiosas, nunca van a llegar a ser como un perro, porque no tienen su inteligencia, pero poco les falta. Saben si les haces daño, son avispadas, cariñosas, juguetonas. Si las tratas bien, con instinto, y se sienten seguras, te llevas bien con todas. Ahí es donde entra tu racionalidad, el hecho de si quieres ser instintivo o racional. Es una conexión. Una conexión que también se está perdiendo. Todo se pierde, todo…

Estoy de acuerdo con Serra, aunque él habla de cabras de montaña: esas cabras que se van a comer ese retoño que sale en aquella roca y que tienen que escalar porque se lo dice el instinto. Que se esperan una detrás de otra a la hora de bajar. Que a lo mejor se pasan unas por encima de otras para no caer, hasta que dan con el paso a través de esa pequeña roquita, y entonces siguen bajando. Es un trabajo en equipo.

Pero en pastoreo extensivo, el que realizo yo, son diferentes. No siempre están al tris de la desesperación suicida, pero siempre están esperando a escapar, eso sí. Más vale que cumplas como pastor y llenes esos buenos estómagos que tienen, porque como haya alguno que se quede pendiente, empiezan los problemas. La cabra es también un animal muy dañino y, a la hora de comer, más vale que no te despistes. Ni tu, ni la perra.

 

Después de tantos años en contacto con ellas, ¿qué has aprendido de ellas? ¿Han influido en tu persona?

¿Qué si han influido? ¡Vaya que si ha influido! Mira, ahora, lo poco que gano, lo tengo debajo de una piedra. Y cuanto más lejos estoy de la gente, mejor me encuentro. Entre comillas, eh. A veces uno lo pasa mal. Pero cada vez que me junto con alguien, es para recibir cartas de la Seguridad Social, de Hacienda… Me cago en diez, ¡si lo único que he hecho es soltar cabras al campo y silbar! Es lo único que he hecho. Y 300 euros por un lado, 400 por otro... Todo dinero. Y la cabra no caga billetes, caga lo que come, y no come billetes. Es superior a mí. Las tres primeras películas de Rambo no son nada comparadas con los tres primeros meses de autónomo que viví aquí. Te juro que pensaba: esto es la guerra. Y miraba la escopeta que tengo en casa todo el rato. ¡Me cago en dios, por soltar las cabras al campo! Nada más que pagar y pagar. ¡Y eso que solo tenía 150 machos, ni siquiera hembras para ordeñar! Tú explícale eso a la gente…

Pero claro, luego te dicen: “¡pastores, qué idea más romántica!” Idea romántica... ay... Y claro, hay que aguantar el tipo. Porque te viene una abuela con la zagalilla y te dice: “¡mira qué cabritas más majas… y mira qué ubres y cuánta leche!”.  Y a lo mejor resulta que es una cabra macho. Pero tienes que aguantar el rollo, y calmarte y hacer lo que la gente demanda, para que vean que el trabajo de pastor es bonito. Y a la vez estar pendiente de que la niña no toque a la cabra, porque a veces tienen sarna.

Todo esto la sociedad lo tiene muy idealizado, a la par que minusvalorado, aunque parezca paradójico. Cuando la gente dice que qué trabajo más bonito, yo pienso: ¡bonito los cojones de un gorila! ¿Tú sabes lo que es levantarse a las 5 de la mañana y entrar a la cuadra? Parece el Imserso. Están todos tosiendo y tirándose pedos y babándote. Llega el chivo y te pega una ostia en el lomo… Así que todo es bonito, pero a partir de las 11.30 de la mañana, cuando has empezado a andar y les dices: “venga, tirad, que me tenéis frito”. Todo es bonito, pero qué vida... Pues la mejor vida del mundo... Te levantas por la mañana, sueltas a todos estos y ya está. Es como llevar guiris en Ibiza, que fue lo que empecé haciendo en esta isla. Te basta con saber inglés, alemán y silbar, y así les vas llevando de un lado a otro, es una manada al fin y al cabo. Pues a eso te enseña esta profesión: a no ser oveja. Pero a veces llevas una lucha contigo mismo y dices: me tendría que haber quedado en el pueblo.

 

En este caso, ¿por qué esta cabra es la especie autóctona de Ibiza? Es decir, ¿qué hace que se adapte a este entorno de mejor manera?

Aquí ya nos ponemos serios. La cabra ibicenca es una de las primeras razas en España en peligro de extinción. Está en peligro de extinción porque se están mezclando con cabras murcianas y granadinas para que den más leche. Pero después ni siquiera hay explotaciones queseras aquí. Ni denominación de origen. Sólo quedan 48 hembras en pureza.

La cabra ibicenca está únicamente en Ibiza y Formentera, pero realmente es una cabra de Formentera, que es la isla donde más se ha conservado su pureza. Es una cabra de perfil más o menos recto, tamaño medio y proporciones alargadas. Tanto hembras como machos son mochos: sólo hay un pequeño número que tienen cuernos. Algunas son más peludas que otras. Pesan entre cincuenta y setenta kilos. Está adaptada a las islas, pero tienen poca comida. La presión de la construcción ha hecho que la cabra sea un animal molesto, nadie la quiere, a no ser que esté estabulada. Si la tienes descontrolada crea problemas y desertifica, pero vamos… Hay mucho problema aquí: nadie se quiere meter en problemas porque tu cabra de repente se coma el olivar o las almendras del vecino.

 

¿Por qué crees que hay que reivindicar el papel del pastor en la actualidad?

Porque mantienen tradición, razas, valores, culturas, esos platos de comida hechos al fuego. Las plantas que son venenosas para los animales, la que son buenas para la gente. Estamos hablando de tiempos de alquimia. Nunca voy a poder entender lo que han vivido los pastores antiguos. No tengo ni un tres por cierto del conocimiento que tenían ellos, pero bastante tengo como para poder llevar un rebaño de 1.500 cabras. Hay que reivindicarlo porque es perder la cultura, la historia. Todo esto va más allá de lo que podemos pensar. Se trata de la conexión con el animal: no era el pastor el que buscaba el agua. El pastor era el que seguía al animal para encontrar el agua. Tenemos un ego que nos hace pensar que somos indestructibles, pero dependemos de los animales, no ellos de nosotros. La ignorancia es tal que no entiendo cómo hemos podido llegar a este nivel. 

Artículos relacionados