Zapatismo y construcción de espacios

 

(Nota aclaratoria: a riesgo de confundir con la cursiva de la tipografía, decidimos emplearla para diferenciar las dos voces que pretende tener esta crónica)

  

“Lo que vamos a hacer es, juntos, sacudir este país desde abajo, levantarlo, ponerlo de cabeza”,

SupGaleano, entonces (septiembre de 2005) Subcomandante Marcos.

 

Al caracol más accesible se tarda como ocho horas en llegar. Tienes que tomar un autobús, después esperar como una hora para tomar otro, una furgoneta y que alguien se pare a llevarte por el camino de tierra último. Ahí, ya en el  caracol, les cuentas qué quieres hacer y ellos deciden si te dejan quedarte. 

Es cierto. A unos de los caracoles –los puntos autónomos y liberados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional-EZLN— más accesibles en 2011 para un extranjero sin carta de presentación se tardaba unas ocho horas en llegar, tras tomar dos autobuses, una furgoneta y hacer auto stop por una vereda de tierra seca. Era uno de los más cercanos a San Cristóbal de las Casas, puerta de entrada a un entorno mágico por su naturaleza y por su coraje. 

Después, tras una deliberación de un par de horas de la Junta de Buen Gobierno del caracol Morelia y la advertencia de que ellos no colaborarían en un hipotético reportaje periodístico pero tampoco impedirían que las preguntas fueran hechas ni que éstas recibieran respuesta por parte de otros zapatistas, me permitieron establecerme en una barraca con literas de madera y un silencio nocturno sepulcral.  

En el interior podían leerse miles de consignas de otros extranjeros que antes que yo habían hecho el camino hacia la utopía zapatista, la que hoy llena camisetas, libretas, pines, pasamontañas y demás productos del merchandising revolucionario. En las literas y paredes, grabadas en diferentes colores estaban las voces de Bertolt Brecht, de Antonio Machado, de Frida Kahlo, del propio Zapata.

La fecha es de sobra conocida pero merece la pena recordar ciertos momentos de la historia de la sociedad, siendo ésta una y no cientos, por mucho que se empeñen en subdividirnos en muchas sociedades, en hacernos seres preocupados únicamente por nuestros problemas. 

La fecha es el primero de enero de 1994, 21 años han pasado y los zapatistas siguen sublevados. Fue un levantamiento armado, fruto de años de preparación en la selva Lacandona del estado mexicano de Chiapas y anunciada en la I Declaración del EZLN que abría con un sonoro "Hoy decimos ¡Basta!" 

Más de dos décadas han pasado y el hostigamiento, la guerra de baja intensidad por parte de los diferentes gobiernos nacionales y federales, más allá de los colores políticos que abarcan desde la derecha a la izquierda mexicana, continúa y eleva los cortafuegos en el camino de la autogestión zapatista.

 

De Zapata, hasta las cananas

Inspirados por el revolucionario Emiliano Zapata, quien además de prestarles el apellido les forjó la ideología, los zapatistas (procedentes de diferentes comunidades indígenas como los tzotziles, tzeltales, tojolabales, choles, zoques o mames) luchan, como valor supremo, por que la tierra sea “para quien la trabaja”.

Esa tierra que reclaman para sí porque ellos fueron tradicionalmente quienes la trabajaron desde abajo, desde la semilla hasta el tallo, es apenas un terreno baldío en el que solo crece el maíz, el frijol y el arroz.

Pero ahí andan, luchando por su terreno baldío, explotado y contaminado por los cultivos intensivos de los patrones, tan presentes y actuales en las capas sociales mexicanas de poder, como en la política local y nacional.

También de Emiliano Zapata sacaron la garra para aguantar durante dos décadas una guerra de baja intensidad emprendida por los gobiernos que -a duras penas- se han turnado el poder del país con forma de cuerno “de la abundancia”, según dicen los propios mexicanos.

Cortes de luz y de agua, invasiones con un tanque, quizá dos, sobrevuelo de helicópteros…innumerables saboteos e incordios violentos para buscar la confrontación pero sobre todo para minar la moral de los zapatistas que a día de hoy siguen, aunque más ignorados por los medios, labrando su tierrita.

- Yo creo que se equivocaron al salirse del escenario público, al encerrarse en los caracoles - me dijo un amigo unos años después de mi visita al “territorio en rebeldía”. - Qué va, su lucha ya está en otro lugar, ellos pretendieron ser un ejemplo para el resto de México, les invitaron a unirse a su revolución, fueron los demás los que se cerraron en sí mismos- contesté yo entonces. Quizá. 

Pero Pablo insistía en su argumento: “ahora nadie les escucha, no son un actor fuerte, no tienen manera de influir en las políticas ni de salir en los medios”. Ante lo que yo me cerraba en banda y me levantaba en armas enamoradas de la convicción guerrillera zapatista: “es que no es su propósito, ellos no quieren ser un actor, no quieren ser un jugador en un juego que no es suyo, consiguieron parte de lo que querían, seguro que habrían preferido más, mucho más, pero no pudieron, con lo que lograron se mantienen y sobreviven, cosa que no hacían antes del 94”.

De la semana que permanecí en Morelia recuerdo una tiendita en lo alto de la ladera, a donde muchos se acercaban para comprarse una Coca Cola de lata -consecuencias del liberalismo atroz-, la escuelita y la zapatería zapatista, una pista de baloncesto que se llenaba cada tarde y una celda de ladrillo fino pero de la que los detenidos (normalmente por robo) no osaban zafarse.

También las largas reuniones de la Junta de Buen Gobierno, cuyo final daba permiso para comer un plato de arroz blanco y frijoles acompañado por una tortilla de maíz, ya fuera desayuno, comida o cena; las humildes duchas que servían de refrigerio a los zapatistas que tenían que hacer guardia en el caracol durante ese mes, y una mirada común, de ojos manchados de marrón, aparentemente tristes, pero llenos de perseverancia.

 

Los espacios comunes zapatistas

“Hace 15 años fueron tomadas por nuestras tropas siete cabeceras municipales: Las Margaritas, Ocosingo, Altamirano, San Cristóbal de las Casas, Oxchuc y Chanal. Entonces fueron rendidas o sorprendidas las fuerzas gubernamentales que las guardaban.

Tal vez se puede decir que la toma de esta ciudad en la que estamos, San Cristóbal de las Casas, bastión ladino del racismo, fue la que nos dio a conocer al mundo. Puede ser.

Lo que sí sé es que las tomas de Ocosingo, Las Margaritas y Altamirano fueron las que nos dieron dominio sobre el territorio y permitieron la toma de las buenas tierras de labranza y su recuperación, después de cientos de años de despojo. Esta toma de tierras fue la base económica para construir la autonomía zapatista”.

Introducción a Siete cuentos para Nadie,

Sup Marcos, 2009.

 

El caracol, órgano territorial de representación política zapatista y punto de resistencia a la guerra de baja intensidad del Gobierno mexicano, es solo la punta del iceberg, la fachada sobre la que se posan los bellos y famosos murales, símbolo de la poesía indígena.

Pero más allá de los caracoles, que tan solo dan cobijo a los zapatistas durante el mes rotatorio en el que cada uno forma parte de la Junta de Buen Gobierno, están los asentamientos, las comunidades con sus cultivos donde viven indígenas zapatistas y no zapatistas, que son las áreas que verdaderamente conforman la idiosincrasia de esta lucha por la tierra.

Más allá de paradigmas y frases potentes, de una revolución nacional y global, los zapatistas se dieron por satisfechos al conquistar los pedazos de tierra que podrían otorgarles la autonomía necesaria para no depender de los gobiernos regionales y estatales o de las empresas extranjeras y nacionales que les mantenían bajo esclavizadas condiciones de vida.

- No obligamos a que todos los de la comunidad se unan al EZLN, una cosa es labrar la tierra y otra luchar– me contó un joven zapatista en Morelia, quien también me dijo que los que no forman parte de “la lucha” pueden llevar a sus hijos a la escuela de la comunidad o utilizar los remedios del hospital comunitario.

Más allá del caracol, las casas son bajas, de ladrillo todas, con su porche de cemento pintado de verde, naranja, azul. En las puertas se acumulan los vecinos que tras la jornada de labranza platican con sus pares, ven cómo los niños juegan.

Por el camino de tierra seca, rojiza, transitan pocos vehículos a motor, y los lentos pasos de los caminantes dejan que el silencio reine en el lugar. Las montañas que cercan el valle sobre el que cae Morelia están llenas del verde de la Sierra Lancadona, protagonista de tantos cuentos del viejo Antonio. 

Morelia es una comunidad zapatista, calma, guerrera, dignamente humilde. Sin grandes sueños irrealizables, aunque siempre con la esperanza de servir como inspiración y ejemplo para todo aquel que quiera acercarse a su forma de entender el mundo,  los zapatistas caminan. Siempre despacio, siempre en silencio, a veces con rifles de madera, a veces con la cara tapada.

“Vamos despacio porque vamos lejos” se leía en el 15M de Madrid y se originó, quizá, en algún lugar de Chiapas. Los zapatistas, esclavos durante 500 años, lanzaron hace 21 una invitación al cambio, desde sus huertitas, con sus aperos de labranza, cargados de razón y de corazón, calzados con resistentes sandalias para seguir en el largo camino emprendido.

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