Raíces


«Nomen est omen»: El nombre es el presagio. La palabra, el nombre, el vocablo. Sin nombrarla no hay realidad posible. Raíces pretende escarbar en el origen de los términos, los que definen nuestros designios, para que nosotros, absortos y envueltos en la celeridad actual, comencemos a sumergirnos en la profundidad e infinitas posibilidades de nuestras comunicaciones. «Vida», «ética», «trabajar», «sabiduría» y tantos otros conceptos que definen gran parte de lo que hoy somos pasarán por Raíces para que, echando la vista atrás, demos a las palabras la relevancia que se merecen.


«La ciencia del lenguaje no se diferencia en absoluto de la ciencia del pensamiento», afirmaba Nicolas Beauzée (1717-1789), redactor de los artículos sobre Gramática para la Encyclopédie. Una centuria más tarde, Nietzsche, filólogo además de filósofo, enunciaba la misma ecuación con ligeras variantes: «El desarrollo del lenguaje y el desarrollo de la conciencia van de la mano» (1882). Al cabo de otro siglo, Chomsky suscribía: «Los principios de la gramática general son idénticos a los de la razón humana en sus operaciones intelectuales» (1985). Resonancias: «La propensión específicamente humana al intercambio y al comercio no es casual, sino que está condicionada por el uso de la razón y del lenguaje» (Marx, 1844). «El lenguaje es por excelencia el lugar común» (Ortega, 1933).
La estancia de los conquistadores de lengua árabe en España durante ocho siglos no podía menos de dejar profunda huella entre los cristianos. Las relaciones políticas y matrimoniales entre las familias soberanas de ambas religiones empezaron ya en los primeros tiempos de la Reconquista, y el trato guerrero y comercial de ambos pueblos no cesó jamás. Alrededor de las huestes cristiana y mora, que en la frontera vivían en continuo trato, había una turba de enaciados que hablaban las dos lenguas, gentes de mala fama que hacían el oficio de mandaderos y correos entre los dos pueblos y servían de espías y prácticos al ejército que mejor les pagaba; y sin que constituyera una profesión como la de estos, había también muchedumbre de moros latinados o ladinos que sabían romance, y cristianos algarabiados que sabían árabe.
Mi pasión por las etimologías está ligada a mi pasión por las palabras y, más en concreto, al apasionado deseo de saber lo que significan las palabras, de descubrir sus secretos y, también, de jugar con sus fondos misteriosos. Pero, ¿qué significa la palabra «palabra»? ¿De dónde viene? Viene de parábola, que en griego significa «comparación», «semejanza»: esas semejanzas mediante las cuales lanzamos al lado de una cosa otra cosa para así completar la significación de la primera. Así como «palabra» viene de parábola, «hablar» viene de fabulare, palabra latina que de significar «hablar, charlar» pasó a significar «contar un cuento, una fábula». Pues bien, eso es la etimología: el cuento instructivo o fábula que tienen en el fondo de sus anchurosos armarios las palabras que empleamos cuando hablamos. Es un cuento que, por otro lado, sirve para camuflar una verdad, pues, como es bien sabido, en griego etymos (de donde «etimo»-logía) significa «verdadero, real». Con los flotadores de la parábola y la fábula lo que hacemos, en definitiva, es desembocar en el infinito mar de la «metáfora», matriz del lenguaje, pues ¿qué es la metáfora sino una pequeña fábula? ¿Y no hay en el origen de toda palabra una metáfora?
Si hablamos de etimologías, valdrá hablar de la etimología de la etimología de la etimología y así hasta llegar a un territorio, a un tiempo, en los que todavía no existía la primera palabra, al menos salida de la boca del hombre. En la etimología de las etimologías se halla el origen de la palabra, la genética del lenguaje; pero ¿dónde, cómo se creó? El hallazgo de las palabras originarias encierra el mismo misterio que el proceso del pensamiento humano. He leído que algunos investigadores cifran la creación del lenguaje en un aspecto fisiológico, en la evolución de los elementos fonéticos y resonadores. Piensan que el orangután o el chimpancé no pueden hablar porque se lo impide la colocación de sus órganos fonéticos y que sólo cuando “bajó” la laringe en nuestro ancestro parlante, pudo crearse el lenguaje.
Al igual que la patafísica —ciencia de las soluciones imaginarias ideada por Jarry y festejada por dadaístas y surrealistas—, la etimología tiene algo de disciplina fortuita, de ciencia casual, de juego caprichoso. Hacia el año 633 de nuestra era, Isidoro de Sevilla apuntaba: «Nuestros antepasados no impusieron nombre a todas las cosas considerando la naturaleza de estas, sino que en ocasiones obraron a su antojo, del mismo modo que nosotros, a veces, damos a nuestros siervos y posesiones un nombre según nos place» (Etimologías, I, 29, 2). De las incidencias del azar en la etimología da cuenta el origen mismo de la palabra AZAR, procedente del vocablo árabe zahr, «flor», en referencia a la flor (de azahar) que se pintaba en una de las caras del dado como signo de lance desfavorable en el juego. ¿Qué conexión cabría establecer entre la floración del naranjo y la adversidad en el lanzamiento de dados?
Las palabras «amor» y «amistad» tienen muchas cosas en común, también etimológicamente hablando. Ambas proceden de la raíz griega phil, que originariamente expresaba la pertenencia a un mismo círculo o grupo social. Así pues, puede decirse que la edad arcaica consideraba amigo simplemente a quien no era enemigo. Pero empecemos por el final, es decir, por el ahora. Jon Beasley-Murray afirmaba no hace mucho: «Un afecto es el índice de la potencia de un cuerpo y del encuentro entre cuerpos. Cuanta más potencia tiene un cuerpo, más afectividad, es decir, más capacidad para afectar y ser afectado. Los encuentros entre cuerpos pueden dividirse, a su vez, en buenos y malos».
«Al bosque encantado del Lenguaje, los poetas van expresamente a perderse. No temen ni los rodeos ni las tinieblas. En la caza de la verdad, se exponen a no capturar otra cosa que su sombra; gigantesca a veces, pero sombra al fin y al cabo». En la frase de Valéry, pronunciada en 1937, resuenan las voces de dos filósofos griegos que escriben, el primero en verso, el segundo en prosa, entre los años 475 y 420 antes de nuestra era: «Son nombres cuanto los mortales convinieron, convencidos de que se trata de verdades» (Parménides, Fragmento 8, 48); «La palabra es la sombra de la acción» (Demócrito, Fragmento 145).