Campos de rebelión


Campos de rebelión surge del deseo de reunir a distintas personas que, con sus respectivas visiones sobre la vida, conformen un espacio que nos inspire a todos aquellos que lo leamos. Para ello partimos de un elemento común, las flores, que para nosotros representan la primavera, la explosión, la alegría, el comienzo, elementos que pretendemos que nos caractericen en esta andanza.


Si os paseáis por cualquier navegador y en el apartado imágenes tecleáis MIMOSA, flipareis. Dejaros llevar; dejad la mente en blanco y las emociones en modo atención. MIMOSA. De tanto en tanto cerrar los ojos y repetid, como si fuera el nombre de una mujer nabokoviana pero sonoramente labiopalatal: MI MO SA. Y, de nuevo, abridlos. Dadle al enter. Imagen a imagen. Ampliad la pantalla, acercaros a ella y dejad que os penetre la luz. Buscad otra y otra más, a cual más bella, más inmensa, más dulce, más abierta.
No he vuelto a ver tantas juntas, nunca tan numerosas. Poco a poco, desplazaron a la gente hacia las otras salas, que de tan apretada apenas podía moverse. En mi delirio todo se fue convirtiendo en un caleidoscopio en movimiento. Ramos y coronas para mi llanto; cartuchos blancos para calmar la sangre de mis ojos. Crisantemos en la pituitaria inflamada. Dolor. Llegaban unas seguidas de otras. Así también sus alumnos de hace veinte, quince, ocho años. Sus alumnos de hace tres días.
En Julio comemos cerezas. Un prado de cerezos. A sus pies, una mullida alfombra de flores vivas, aunque muertas ya. Se han dejado mecer por el viento y se han desprendido de sus ramas verdes. Han preferido morir ahora que están en la cumbre de su belleza; en el apogeo de su sabiduría. Son delicadas aunque se muestran fuertes en su determinación. Su esencia quedará para siempre. Los samurais tenían en la flor del cerezo su estandarte. Al igual que las flores, se daban muerte en su momento de máximo esplendor. No se dejaban morder por la vida, no aceptaban su cruel destino, su decrepitud.
El jacinto silvestre (Eudymion non-scripta), es una planta bulbosa de la familia de las liliáceas, que incluye a las azucenas, lirios, tulipanes, cebollas, puerros, azafrán, merendera, cólquicos de otoño, gamones, etc., bulbos que pueden florecer en el verano tardío o ya entrado el otoño (como los típicos cólquicos y merenderas de los pastos de montaña), si bien también los hay de floración primaveral. Las flores liliáceas, son hexámeras, es decir, tienen seis pétalos, a menudo soldados en su base formando florecillas tubuladas, acampanadas...generalmente de vistosos colores de la gama de los azules, violetas, púrpura, rosa, blanco.
Se dan bien en las Rías Bajas, porque un clima húmedo y sin heladas, y la acidez de la tierra, agradan a esta planta. Tampoco son amigas de entornos muy soleados, y crecen mejor en alternancias de sol y sombra. Allí florecen ya, durante todo el verano, en brotes de varias flores enormes, de colores que van del azul oscuro al tenue, o un rosa vinoso cuando la tierra es pobre en hierro. En casa de mis padres, cerca de una playa de nombre dorado, cubren un largo muro orientado al este y otro contiguo al sur. Las plantaron ellos al llegar; mi madre dice que “sólo hay que espichar los esquejes en la tierra” y crecen solas.
1. Intento regar a diario las plantas de Sergio pero he de confesar que no siempre lo consigo. De vez en cuando me asomo por la ventana, curiosa por la normalidad del escenario que tengo enfrente, y reparo en ellas pidiéndome nutriente. Ahí me maldigo, me preocupo e inmediatamente corro a la cocina para llenar con agua del grifo, temperatura ambiente, una gran jarra de cristal. No obstante, hay días en los que ellas se plantan ante mí como un desasosiego. Nada más despertarme, poner un par de rebanadas de pan en la sartén, no dejar que hierva el agua para el té, pienso: “Mierda, las plantas”. Después me surge la invariable duda: “¿No las estaré ahogando con tanta agua?”. Ellas son cinco en total, cuatro están en el pollete de la ventana, que las protege del frío pero las deja en contacto con el sol; la quinta es más señorial, con un gran tronco incluido, que aguarda dentro del salón y sobrevive tan solo con unos rayos de luz que le caen de forma lateral.