#2 Volvamos


Queremos volver, pero no os asustéis. No queremos volver a aquello que anunciábamos que dejábamos. No nos arrepentimos de dejar atrás las malas costumbres impuestas que ya habíamos normalizado. Nos hemos ido y ahora queremos recuperar lo valioso del pasado y redefinirlo para adaptarlo al futuro que ya ha llegado. Que si no tocamos la tierra, no nos mancharemos, de la misma manera que si no nos equivocamos, no aprenderemos. Nosotros estamos dispuestos a mancharnos de tierra y a llegar allá donde nos reencontremos con la naturaleza, con nuestros orígenes, que son los que nos darán la energía para continuar. Mientras tanto, volvamos.


Una foto. La abuela. Sentada en su sofá. ¿Qué habrá sido de ese sofá? ¿Y de esa casa? No comprendo. ¿Qué le pasa? Qué expresión tan extraña, en la cara. Lejana. De otro tiempo. Pero cálida y atrayente. Me atrae. No puedo evitarlo. Protección. Seguridad. ¿Cuándo un humano se encuentra seguro? Satisfacción, la suya. La mía no. No la conozco. Miro a la abuela y la recuerdo, pero no la reconozco.

Dos islas. Una, en el archipiélago balear. Otra, en el corazón de Galicia. No muy dispares en superficie: 570 y 420 kilómetros cuadrados, respectivamente. Una, soleada, bañada por las olas, cubierta de pinos, almendros, algarrobos. Otra, lluviosa, surcada por el Ulla, tapizada de robles, castaños, pinos. En ambas, conocí, con un intervalo de tres décadas, dos grupos humanos íntimamente afines, partícipes de un mismo espíritu de fraternidad. Stendhal lo habría llamado Escuela de Enseñanza Mutua; Thoreau, Sociedad para la Difusión de la Ignorancia Útil; Santayana, Escuela Infantil para Adultos; Max Jacob, Escuela de Vida Interior; Antonio Machado, Escuela Popular de Sabiduría Superior...

Cerca siempre de críticas zonas de sombra, la naturaleza del tiempo se revela en los momentos de contemplación, de aburrimiento o de revelación cansada. Cuando no ocurre nada o, por el contrario, algo leve resuena en nosotros. O cuando lo que ocurre, poco más que nada, revela la belleza y el enigma de algo que se nos escapa en su modo de estar presente. Es esencial a la revelación temporal un retraso del pensamiento, un retraso que nadie mide, pues las apariencias y los acontecimientos necesitan tiempo. Lo sensible es difícil, necesita una distancia para depositarse, para que cuaje su índole peculiar, un tiempo que apenas se cuenta porque es parte de la vivencia. Pero el dictado de la rapidez en la industria cultural debe librarnos de ese riesgo elemental, de escuchar lo que dice el tiempo.
Parla es una pequeña ciudad del sur de Madrid. En ella viven algo más de cien mil habitantes, en su mayoría herederos de lo que antaño llamábamos la clase obrera. Conocida por su condición de ciudad marginada por las políticas oficiales, sus gobernantes cuentan con el logro de acumular la séptima mayor deuda del país. El logro, por cierto, es que todo ese gasto público no se note en las calles ni en la vida de la gente.
Queremos volver, pero no os asustéis», alerta el editorial de Istmos. Aunque nuestro país no haya ganado para sustos a lo largo de su historia, aunque volver a él signifique adentrarse en el laberinto de una identidad problemática, en el historial clínico de un caso perdido, desterrad todo temor —y, por supuesto, toda esperanza—. Se cuenta que en pleno debate sobre la Constitución española de 1978, Juan Benet propuso una posible cláusula que rezaba así: «Todo español, por el mero hecho de serlo, tiene derecho al fracaso». No sería mal lema para una radiografía crítica del alma española.
Cuando me propusieron escribir para Istmos sobre la televisión pública allá por el mes de mayo, yo andaba liado ya con la campaña electoral para las autonómicas en la Comunidad de Madrid. En la sección sindical de CGT habíamos decidido trabajar para que alguien representara la lucha de los trabajadores de Telemadrid en las listas electorales de Podemos y me había tocado a mí cumplir con ese papel. Hubiera aceptado escribir el artículo de todas las maneras, pero lo que realmente me enganchó fue el hilo conductor que iba a coser todas las aportaciones: “Volvamos”. En aquel momento pensé que sería estupendo poder celebrar así el retorno de todos mis compañeros y compañeras, injusta y brutalmente despedidos, para saciar la sed de venganza de unos personajes siniestros y mezquinos. Unas personas de carne y hueso, con nombre y apellidos. Esperanza Aguirre, Ignacio González, Manuel Soriano, Ángel Martín Vizcaíno… Un puñado de votos impidió que se hiciera justicia y a día de hoy ese “volvamos”, por el que tanto trabajamos, todavía no se ha producido.
Queremos volver, pero no os asustéis. No queremos volver a aquello que anunciábamos que dejábamos. No nos arrepentimos de dejar atrás las malas costumbres impuestas que ya habíamos normalizado. Nos hemos ido y ahora queremos recuperar lo valioso del pasado y redefinirlo para adaptarlo al futuro que ya ha llegado.