#3 No sin ellos


En nuestro primer número nos hemos ido y tras irnos, hemos querido volver, pero no queremos hacerlo sin ellos. No sin los que han vivido y viven marginados, no sin los que han sido expulsados del sistema por plantear una alternativa incómoda para los poderes establecidos, no sin las minorías, sin las culturas olvidadas, sin las lenguas muertas, sin las matadas. Queremos volver con ellos, sin soltarles de la mano, con su pasión bajo el brazo, para construir más de lo que ya tenemos, para construir no castillos de viento sino cimientos de una sociedad que debe encarar el futuro junto a los que viven subyugados, condenados al ostracismo. Vayámonos para volver, volvamos para empezar algo nuevo, siempre mejorado, de una vez por todas con todos, no sin ellos.


Qué nombre tan feo para un barrio tan especial. Un barrio tan barrio en un distrito tan pijo. Distrito Salamanca. Con su nombre de Marqués, su Lista, su Goya… y su Guindalera. Quizá sea por eso que los vecinos de este barrio madrileño nunca se han sentido parte de la alta alcurnia. O al menos la mayoría de ellos, porque en los tiempos que vivimos el postureo está de moda y ser del barrio Salamanca da caché. En un cuadrado delimitado por la avenida de América, Francisco Silvela, la calle Alcalá y la M-30 se encuentran representadas las dos caras de la sociedad española. Quienes presumen de ser de Salamanca, a sabiendas de que su piso en la calle Cartagena poco o nada tiene que ver con uno en Serrano, y los que prefieren haber tenido por vecino a Joselito en lugar de a la infanta Elena. Quienes compran en las grandes cadenas de supermercados o quienes lo hacen en la Tienda de la Esquina, con mayúsculas, porque aunque seguro que tiene un nombre, todos los vecinos la conocen así.
Sacerdote católico español, apoyó al bando republicano participando en el bando nacionalista vasco y a través de su labor como periodista (escribiendo en euskera) durante la Guerra Civil. Fue arrestado por ello y vivió bajo la amenaza del franquismo ante cualquier acercamiento por su parte a la cultura vasca. En 1941 llega destinado a Mondragón, en un clima personal y socialmente devastador: la destrucción tanto material como espiritual provocada por la guerra, dejaba un panorama de dolor, odio y división a lo largo de todo el territorio. Preocupado por la deriva que habían tomado tanto el capitalismo, al que califica de “individualismo disolvente”, como el comunismo, al que se refiere como “colectivismo degradante”, propone la autogestión y el cooperativismo como modelo para alcanzar el equilibrio entre personas y entorno. Volver a lo más esencial de la vida, aquello que nos define como personas y moldea nuestro ser: los valores humanistas (cristianos, diría él) de solidaridad, fraternidad, amor, etc.
Cien muertos, o de las consecuencias creativas de la crisis y de cómo la ausencia de un trabajo te lleva a otro, es un proyecto de Tono Areán realizado desde julio de 2012 a agosto de 2014. 100 muertos, consistente en cien retratos de personas ya fallecidas, fue una exposición mostrada ante amigos en un estudio de Madrid. Se acompañó de un libro y un vídeo que recogen esos cien retratos. Lo que aquí os mostramos es la introducción del libro y el vídeo, este último realizado por Rocío Areán.
No sin la soledad. Del uno. Del que no ha de necesitar un +1, ni un 2 en su presentación en sociedad. No sin el amor propio, sin el grito contra las naranjas completas. No a la prohibición de ser media hoy, mañana y hasta cuando una quiera. No sin nuestras abuelas, sin nuestros espejos, nuestro punto de soberbia y autoconfianza, sin nuestro orgullo, ni nuestra rabia, reivindicativa de la independencia y la autogestión. No a los pelos ajenos en el baño, a los dos cepillos de dientes en el vaso de duralex, a compartir gel y champú. Ni dos tipos de pan, ni pelear por la marca de los yogures. No sin Darío, que, benevolente, nos avisa de que “primero está la soledad” y que ésta, inquilina de “las entrañas” y “el centro del alma”, es “la esencia, el dato básico, la única certeza”. No sin Jaramillo que, insistente, nos ve tropezar en la misma piedra que ayer, que mañana, pero aún así terco y convencido resiste: “Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario”.
Las imágenes de miles de vidas que tratan de llegar a Europa tras huir de la destrucción de Siria, provocada por el régimen de Al Assad y la barbarie del Daesh; así como de las secuelas, aún candentes, de las históricas “intervenciones” –valga este término como eufemismo de “invasiones”- militares en Afganistán e Irak, se han convertido en una de las secuencias habituales en nuestro día a día. Estampas que se graban en lo más profundo de las retinas, y en ocasiones –sólo en ocasiones- en lo más hondo del alma. En las portadas de periódicos y cabeceras de telediarios, vemos cómo jóvenes y familias enteras patean los caminos europeos dejando rastro en cada paso para guiar a los que están por llegar. Y es que hace falta allanar la senda, porque Europa no es capaz de aliviar la crueldad de la guerra, pero tampoco del hambre. Por eso, el reto de rehacer una vida se topa con las trabas del Viejo Continente: las fronteras.
Fue tan loco y tan maldito, que no le valió la pena escribir sin descanso multitud de poemas, algunos rebosantes de plenitud, de visiones, de sombras y luz. Tampoco le sirvió de mucho beber hasta alcanzar lo indecible, dedicarle un poemario a la heroína, maldecir, provocar con verdades más lúcidas que las de los cuerdos o pasarse la vida en manicomios y escapando de ellos. Leopoldo María Panero, hijo del poeta falangista Leopoldo Panero y de una mujer asombrosa que quedó a la sombra de su marido, Felicidad Blanc, tuvo el alma rota desde siempre. Muchos le querían, pero de forma hipócrita, en la lejanía, en el temor, en el hartazgo. “No tenía a nadie”, dijo al poco de su muerte, en marzo del año pasado, el editor Antonio Huerga en una frase que resumía la soledad del difunto.
Abbie Hoffman encarnaba para unos el idealismo de la juventud de los sesenta, para otros la figura de un violento agitador; bufón para unos, y genial organizador de masas, manipulador de los medios de comunicación y artista de la performance política, para otros. Y para todos, el emblema del conflicto que, desde la lucha de Secesión, había enfrentado más profundamente a los Estados Unidos: la guerra de Vietnam.

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